Haber estado tanto tiempo viviendo para otros, la hizo postergar todo y abandonarse. Imperceptiblemente dejó todo lo que le era propio, no dejando nada para sí sin notarlo siquiera, sus gustos, ambiciones, su esencia, todo se perdió en el camino. Sólo hoy en plenos años dorados, observa que esta es la realidad.
Y se apura en reunir para sí, todo lo que le es grato; sus plantas, sus libros sus propios escritos ante el computador y sus horas quietas. Hoy más que nunca puede sentir su yo y ve todo con la perspectiva de la propia calma, lejos ya de la prisa por ganarle al tiempo.
Se acabó el frenesí de ser la mejor en todo. Enloquecer por tratar de tener el hogar perfecto, ser la mejor cocinera, la mejor pareja, la mejor madre.
La locura por darse sin cesar; y vinieron los años, muchos años en los que sólo supo formar familia. Hasta que al fin entró, queriendo o no, en la nueva etapa de ser trasparente, ya su presencia y hasta sus palabras no son tan importantes como antaño; aunque la sorpresa de dejar el protagonismo la descolocó y la llenó de emociones encontradas.
Un dejo de tristeza, un atisbo de abandono; una punzante vocecilla que a su oído le machacaba: “ya nadie te necesita” la persiguió largamente, pero llegó al fin al punto en que su tiempo pasó a ser el mayor tesoro, aunque sabe que el disfrute no será eterno y que hay una fecha de vencimiento, pero el hoy es su nueva aventura y se presenta desde la calma y la alegría.
















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