Tomé tu mano y te llevé nervioso al centro de la pista, cerqué tu talle con mi brazo, reclinaste tu cabeza en mi hombro y tu cuello extendió por mis ojos tu perfume y tu hechizo.
La música nos acomodó en un estrecho espacio, mis dedos presionaban tu cintura y jugaban con tu espalda en suave diálogo de energías. Reclinaste tu cabeza con esas redes sutiles de una pasión naciente y tu boca me invitó a visitar tus labios por vez primera, en un beso prolongado y discreto.
Las mejillas ardían, las luces tenues nos aislaban de las miradas. El salón de baile se convertía en una esfera de luces galácticas y nos fundimos en el blues, susurrándonos promesas de amor eterno. Los tres minutos del disco que quizá fue un sonambulismo o una playa solitaria, nos transportaron en una burbuja de acero y miel a un extenso camino que recorrimos de la mano en un instante.
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