Independientemente de la ideología política que pueda tener cualquiera de mis lectores, pienso que en el día de hoy todos estarán de acuerdo con mi creencia de que en la noche de ayer, 15 de enero de 2012, se fue un gran hombre de Estado – sin haber sido estadista -, un magnífico político – con cuyas directrices se podrá estar o no de acuerdo – y, sobre todo, un gran español pese a lo que puedan opinar los independentistas: Don Manuel Fraga Iribarne.
Fraga fue una persona de las que en un siglo nacen pocas, un hombre que pasará a la Historia – ya ha pasado – por méritos propios y que podrá ser discutido pero siempre respetado por sus mismos adversarios políticos.
Solamente le faltó tener menos firmeza de carácter y gozar de más empatía para ser Presidente del Gobierno, pero al darse cuenta de ello supo delegar en quienes sí lo lograron. Cosa más bien extraña por estas tierras donde todos los ambiciosos buscan alcanzar y permanecer en el Poder. Porque de ambición, y hasta de una gran dosis de megalomanía, no estaba exenta la figura de don Manuel. No hace falta más que recordar cómo festejó su nombramiento como Presidente de la Xunta de Galicia, con miles de “gaiteiros” de por medio anunciando tan fastuoso acontecimiento. Su apego al mando también era grande, aunque supo sofocarlo al ver que con su presencia sus ideas nunca triunfarían en el Gobierno de España, y eso le hizo mantenerse en su cargo gallego más años de los precisos. Pero cualquier otro hubiese continuado al frente del Partido Popular, aun a costa de darse batacazo tras batacazo en las Elecciones Generales.
Se le acusa de haber sido ministro con Franco, pero no hay que olvidar que era precisamente el ministro más odiado por el dictador. Recuerdo una época en la que se decía de él que era de izquierdas y, al parecer, hasta se enfrentó con el Caudillo en más de una ocasión. El viejo general le respetaba, sin embargo, por sus cualidades como político y sobre todo como persona. Lo cual no evitó que, al ser cesado en el Ministerio, fuese medio desterrado como embajador en Londres. Eso tendrían que tenerlo en cuenta quienes ahora le acusen de haber colaborado con el régimen franquista.
A pesar de su innegable autoritarismo – es famosa su frase “¡la calle es mía!”, siendo Ministro del Interior con Adolfo Suárez – Fraga solía caerle bien a la mayoría de los españoles, incluso a rivales políticos de la talla de Santiago Carrillo. Su gesto de ofrecer su pecho como blanco a las metralletas de los golpistas guardias de Tejero en la mañana del 24 de febrero de 1981 se ganó la simpatía de muchos por su gallardía.
Simpatizantes o enemigos, todos los españoles de bien saben que en esta aciaga fecha nuestro país ha perdido a uno de sus mejores hijos. Se podrá estar en contra de lo que representaba, pero pienso que en el fondo es merecedor de admiración aun de sus más exacerbados adversarios.
Descanse en paz.















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