¡Gracias a Dios!

Enviado por Fernando Contreras Barrientos el 23/08/2010 a las 13:10
Fernando Contreras Barrientos

Como muy bien lo relata mi estimada amiga Ana Torres G., ayer domingo pasado al mediodía, todo un país se conmovió con la maravillosa noticia que los 33 compatriotas atrapados desde hace 17 días, a 688 metros de profundidad de la mina San José se encontraban  con vida. Y nos olvidamos de todo. sólo pensamos que de nuevo Chile se unía, para gritar a todo pulmón junto al Presidente de la República ¡Viva Chile!  y ¡Gracias a Dios! como tituló su editorial el diario “La Tribuna” de Los Ángeles, esta mañana.
Fuente: LA  TRIBUNA  de Los Ángeles - Chile.
¡Gracias a Dios!
Esta tragedia ha servido, como nos ayudó el terremoto/maremoto, para unirnos como nación.
“Que no juegue más a las escondidas, le voy a dar correazos si no aparece”, había dicho divertida y esperanzadamente hace unos días don Juan Sánchez, refiriéndose a su hijo, el de menos edad atrapado a casi 700 metros de profundidad, en la mina San José, de Copiapó. Ese joven tiene solamente 19 años. Es uno de los 33 atrapados, que están vivos, según se conoció ayer. Noticia impactante, estremecedora, que nos golpeó ayer a todos los chilenos.
La noticia se sabía por parte de los rescatistas desde temprano, pero fue guardada, inexplicablemente, por los encargados de las faenas, quizás a la espera de la llegada del Presidente Piñera, para que él diera esa información. Pero un rescatista, que se identificó como Eduardo, no soportó ese obligado silencio y lo comunicó antes a las familias, agobiadas por la espera de 17 días, pese a lo cual, nunca habían perdido la esperanza de que ellos estuvieran con vida.
Fue una gratísima impresión conocer la buena nueva, cuando la mayoría de la ciudadanía nacional comenzaba a decaer, a pensar que era virtualmente imposible que sobrevivieran –había alimentos para apenas dos días, no se sabía si había oxígeno y tantos otros elementos de juicio que llevaban a pensar lo peor- y que incluso los profesionales, los expertos de alto rango, y hasta algunas autoridades, mostraban su desaliento y manifestaban que era preciso bajar las expectativas. Afortunadamente, nunca se detuvo la faena de rescate. Quienes no se equivocaban eran los mineros, curtidos en la brega cotidiana con ese terreno áspero, odioso, pero que entrega su mineral, para mantener a las empresas y a las economías familiares de quienes laboran en las vetas, exponiendo sus vidas. Un conato de rebelión se produjo al concluir la semana pasada, tras una quincena de búsqueda y de la falla de la primera sonda en llegar al fondo. Los familiares y pirquineros antiguos insistían en entra ellos, porque su fe era absoluta. Ellos mismos, aún arriesgando sus vidas, querían hacer el rescate.
La fe. Sin duda, como muchísimos ejemplos de la historia humana, la fe es un sostén notable y admirable de esta tragedia. Apenas unos días después, asomaron los altares, la Virgen y San Lorenzo, patrono de los mineros, cuya fiesta patronal, en el calendario católico se celebra justamente el 10 de agosto. Oraciones, peregrinaciones, eucaristías. El mundo evangélico, por su parte y a su manera, también se hizo presente en estas plegarias a Dios. Es por ello que ayer, apenas como un reguero de pólvora se corrió la noticia gratificante, muchísimos chilenos dijeron “¡Gracias a Dios!” Por ello, vale detenerse en este aspecto. Hoy, La Tribuna incluye en Cartas al Director una carta al respecto. Los humanos, muchos, pensaban que estaba todo cerrado, todos muertos. Pero en Dios, todo se puede, los milagros también. Las cadenas de oración proliferaron, incluso en Internet, y miles se sumaron con sincera voluntad.
Sirve esta tragedia, como todo lo negativo, para afrontar el porvenir con revitalizada energía. Cuando nos cayeron el terremoto y el maremoto, sufrimos, qué duda cabe, pero a partir de ello, se ha comenzado a articular una serie de situaciones que buscan mejorar sustantivamente el qué y el cómo afrontar catástrofes, desde todos los organismos públicos y privados y desde la vida personal y familiar también. En esta tragedia, nos queda como herencia no únicamente el dolor prolongado, sino una serie de medidas destinadas a mejorar cualitativa y cuantitativamente el ambiente laboral, de los mineros, en primer lugar, pero también en otras áreas del país. El Presidente Piñera lo aseguró este fin de semana, que se efectuará un fortalecimiento sustancial de todo lo relativo a la seguridad laboral. Nuestra zona bien sabe de ese delicado tema, con faenas agrícolas y forestales con situaciones negativas en este aspecto. Los parlamentarios deben hacer lo suyo, mejorando las legislaciones respectivas. El Gobierno, ajustando la forma cómo se permiten a empresas estos emprendimientos peligrosos. Todos y cada uno debe sacar lecciones.
Asimismo, esta tragedia ha servido, como nos ayudó el terremoto/maremoto, a unirnos como nación. Chile no se ha hecho con miel sobre hojuelas. Desde la misma llegada de los españoles, la forja de la patria ha sido complicada y las catástrofes se han repetido, una y otra vez, con inusitada fuerza, para poner a prueba el temple de los chilenos. Como ave fénix –Los Ángeles lo sabe bien, al ser fundado y refundado, al ser repoblado-, sabemos que es posible levantarse de nuevo, para emprender un nuevo camino, asumiendo lo que sucedió y también con la esperanza de que todo mejorará.

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