El monte del Amboró es uno de los últimos inexplorados que queda en el mundo, lleno de flora y faunas autóctonas y muchas ni siquiera clasificadas para la ciencia. Queda a pocos kilómetros de Santa Cruz y está considerado peligroso para los exploradores inexpertos. En estas fiestas largas de fin de semana, y luego de unos 10 años por lo menos, volví a sumergirme en sus profundidades por los recodos del río Colorado, en Bermejo. Los recuerdos que quedan de esas anteriores excursiones son hermosos: tierra roja, ríos cantarines, farellones cubiertos de flores y orquídeas haciendo peripecias para no caerse de esas murallas rocosas de unos 30 mts. de altura, largos tramos de río nadando contra corriente sosteniendo la mochila y el equipo que trataba de no deslizarse al agua en el colchón inflable que hacía de flotador, piedras enormes que a veces cubrían todo el paso construyendo cascadas y cachuelas, playas de arenas blancas y suaves que llamaban a descansos peregrinos y a contemplaciones sensuales con el calor del sol sobre el cuerpo desnudo. Sí, valía la pena volver, y es lo que hice en esta larga vacación de 3 días de la fiesta de Todos los Santos, en que el cristianismo y el paganismo bailaban sin ninguna vergüenza en los recintos de los cementerios, al son de bandas ruidosas y descorches pecaminosos más el chocar cristalino de copas y el canto de los dolientes borrachos.
Salimos de Santa Cruz a las 03:00 AM del viernes, con la vagoneta cargada de diesel y la mochila preparada para sobrevivir por lo menos una semana en las profundidades del monte salvaje y agreste. El plan contemplaba sólo 3 días de excursión pero, vaya uno a saber… Siempre hay que llevar el doble de lo necesario ya sea por una pierna lastimada, o simplemente las ganas de alargar la visita. Más de 5 veces revisé, armé y cerré la mochila de
En total, llevaba por lo menos unos 25 kilos repartidos entre la mochila de espalda, el cinto canguroo, y la mochila de pecho. Para ser excursionista del tipo solitario, como lo soy yo, es necesario ser experimentado y robusto. Son viajes de horas y horas de caminatas y luchas contra la naturaleza, y uno debe ser autosuficiente. La comida es capítulo aparte. Si bien sabía que en el río encontraría proteínas de pescados y gusanos, y quizá una que otra ave o pequeño animal abatido por un certero hondazo, la energía es algo que no se encuentra en medio del monte. Por lo tanto, varios turrones españoles (¡energía pura!), y unos 3 kilos entre uvas pasas y semillas secas formaban parte de mi inventario. El resto era ropa de cambio, poca porque en esos montes no importa el andar sucio y siempre se puede lavar en el río, y los equipos imprescindibles de todo excursionista: el filtro de agua de 5 micrones, la cocinilla con unos 3 repuestos de gas metano y propano, unas 2 cortaplumas suizas de supervivencia, un cuchillo de Rambo (muy útil por lo que porta en el interior de su vaina más que por sus capacidades de corte y pinche), un machete colombiano de esos largos y que abren cualquier puerta boscosa o leñosa, el botiquín con todo lo necesario para no enfermarse o morirse, el infaltable revolver S&W del 9 caño corto al cinto, unos
En este tipo de excursión no se planifica por kilómetros sino por horas de caminata. No existen hitos que nos permitan referirnos a los kilómetros recorridos pero los relojes nos indican cuánto hemos caminado en ese monte muchas veces impenetrable. En mi caso el plan era caminar 12 horas internándonos en la selva del Amboró, espesa, a veces umbría, peligrosa, pero bella a un extremo casi irreal. Varios excursionistas de ciudad han dejado sus huesos por no saber cómo manejar las situaciones en esos paisajes pero en mi caso me acompaña toda una vida de aventuras y experiencias respaldándome en cada paso y en cada metro. No temo andar solo por esas soledades; sólo debo preocuparme de una cosa: evitar una caída que me quiebre una pierna. En ese caso, nadie me saca del monte salvo las patrullas de búsqueda… o la muerte. Por ello, al partir siempre es necesario dejar un bosquejo del recorrido a algún amigo o a la familia, y advertirle “si no estoy de vuelta en tantos días, es que estoy quebrado y vayan a buscarme”. Razón por demás también para portar el doble del alimento necesario.
A la hora y media de caminata, más lenta que años atrás por el crecimiento de la vegetación y por los años (mis 61 años pesan, y cómo los siento), encontré el desaguadero del río blanco, un riachuelo en realidad, con las aguas más cristalinas que se pueden imaginar. De fondo pedregoso, es casi una rareza en medio de esas selvas de tierra roja y lodosa pavimentada de restos vegetales en descomposición. Por su mismo fondo de piedras, es cantarín. No tiene el bramido del río amazónico, que repta por la tierra atropellando los troncos y las laderas, sino es un ruido de cristales rompiéndose, como copas, muy melódico de escuchar. Sentarse en la ladera a mirar el agua y escuchar esa sinfonía es uno de las ganancias de la excursión. En su vera, mi equipaje bajó unos gramos de peso: el primer café caliente de la excursión, con sabor de dioses.
Para ese entonces ya estaba comenzando a detectar los primeros animales. Las huellas en la arena, sus excrementos, a veces el olor penetrante de la orina del jaguar o del zorro de monte delimitando espacios, los restos de algún eslabón de alguna cadena alimenticia. Rastros de humanos, ninguno. Por esos lados a la vera del río no transitan los hombres, sus caminos están labrados en las alturas de ese monte, en medio de los árboles sombríos y por sendas de lustros.
Yo sabía que me dirigía a la comunidad Volcanes, y a las casi 4 horas de caminata me encontré con la sorpresa de mi vida: la comunidad convertida en todo un proyecto turístico de exportación. En mis excursiones anteriores esa comunidad, perdida en la selva, había sido mi descanso y sostén por un par de días. Sus habitantes, unos 20 en ese entonces (unas 4 familias) me dieron lecho y comida, me llevaron a sus cotos de cacería, me regalaron con sus playas de arena blanca. Una hermosa guaraya de unos 15 años (¡desarrollada en su plenitud de mujer a esa edad!) fue mi guía por esos churubitales y a mi vez la guié por los caminos del sexo en medio de la selva y en las playas del río, camino transitado por demás por la susodicha ya que dentro de su salvajismo natural me enseñó muchas cosas de ese mundo siempre inexplorado. Era una vida solitaria y paradisíaca, en la que daban ganas de quedarse para siempre. ¡Y vaya que lo pensé muchas veces en las 4 ó 5 veces que visité esa comunidad. Y hora, gracias a los milagros de las ONG’s, hela ahí convertida en cabañas, lugares de camping, pulcros retretes, planes de manejo, excursiones guiadas, etc. Y estaba llena de turistas europeos, la mayoría alemana y española, todos jóvenes. Me quedé una hora con ellos, agradecí sus sándwiches, conversé de mil cosas en español e inglés, y seguí viaje. No encontré a mi noviecita de ese entonces, se había escapado a la ciudad y de seguro estaría encargada de la limpieza o cocina de alguna casa.
La comunidad Volcanes está situada en el último valle de las estribaciones de este río. A partir de entonces, su curso se angostaba, su caudal se hacía más ruidoso y agresivo, ya no había más playas. Sólo selva, verde y tupida selva, de esas que te tragan al primer descuido. Y tenía unas 5 horas de caminata por delante. Ese era el plan y había que cumplirlo, aunque realmente me costó: era mucha tentación quedarse con esa manada de turistas gringos y disfrutar de un par de días de relajada tranquilidad en su compañía. Pero el plan era el plan, además que de ahí en adelante no conocía nada de esa geografía, era la primera vez que pasaba de largo a la comunidad, y esa era la razón de mi vida de siempre: la aventura, lo desconocido.
El río ya no era plano, estaba formado por farellones altos, rocosos, y sempiternamente cubiertos de flores y orquídeas, con una humedad que trasminaba la ropa y dificultaba la respiración. El altímetro del reloj me decía que estábamos a
A medida que me internaba más y más en ese océano verde, comencé a sentir un ruido sordo, lejano. Mientras más avanzaba, más pronunciado el ruido hasta que tras una de esas esquinas rocosas se transformó en fragor, y apareció ante mi vista la cascada más hermosa vista en años. De unos
Armar carpas, y campamentos en general, debajo o en la cercanía de una cascada, no es recomendable. La humedad transformada en una niebla fina y penetrante lo envuelve todo. Así que retrocedí unos
Al final, con el cadencioso ruido de las aguas y la selva, me entré a mi carpa, me sumergí en mi saco y me dormí. Por precaución, a la mano estaban mi revolver del
Al día siguiente, sábado, me despertaron los gritos bulliciosos de las parabas, hermosos loros enormes de largas colas llenas de colores, y salí de la carpa. Un buen baño, un buen desayuno aderezado con un revuelto de huevos encontrados en la arena más unas frutas silvestres plantadas a culo (con el defeque de las aves), y estuve listo para mirar con más curiosidad y cuidado mi medio ambiente. Comencé por organizar un pequeño “escritorio” con unas ramas y hojuelas de platanales silvestres y a escribir mis memorias de esta excursión, las que usted está leyendo, en mi Palm con teclado; ideas locas en ese entonces, las que editaría posteriormente para su publicación. Después de escribir por una media hora, me dediqué a explorar el entorno. Huellas de todo tipo de animal, restos de turbiones pasados revelando la furia de la naturaleza expresada en esas mazamorras irresistibles que arrollan todo a su paso, piedras de todo tipo y contextura revelando mil orígenes telúricos distintos, y hasta un tronco de árbol petrificado con sus anillos de piedra y sus mil historias que contar. Era un buen lugar para acampar. En seguida, puse atención a la cascada, que me llamaba con su fragoroso sonido.
De lo visto el día anterior sabía que tendría que subir si es que quería mirar qué había al otro lado. Tomé, por lo tanto, la cuerda y sus complementos, vestí el arnés, conecté los carabinieri, probé los ascensores/descensotes, vestí el casco, y me dirigí a la caída de agua. Era imponente, impresionante, ocupaba todo el ancho del río. Al mirar hacia arriba se veía nacer de un plano cortado contra el cielo azul. Si quería saber qué había en ese plano, tendría que escalar… y acometí la muralla vertical por el lado que me pareció más irregular.
Casi una hora duró mi ascenso en esos casi
A mi espalda, lo que había detrás de esa cascada: un plano de pasto verde alto y color oro meciéndose por la brisa matinal, dibujando olas en esa inmensidad. Uno que otro árbol sobresalía de esa masa verde y oro. En medio, el río como si fuera un tajo en esa planicie, de color negro azulado, sin ninguna piedra que creara cachuelas, la recorría en forma onduladamente irregular. A lo lejos, a unos
¿Cuánto tiempo habré pasado mirando ese paraíso en estado de contemplación casi hipnótica? No podría asegurarlo. Ya no miraba el reloj. Las horas pasaban y pasaban y ya no significaban nada. Sólo el estar ahí era importante. Cuando algo, un pájaro o un ruido, me despertó, me acerqué al borde del acantilado, armé el descensor tipo 8, amarré la cuerda a un tronco con el nudo desarmable y la cuerda auxiliar, me puse en posición de espaldas al vacío y con los pies bien afirmados en la ladera y me deslicé por el borde en rapel hasta llegar a la base de la cascada y reencontrarme con el entorno de mi campamento. Recuperé la cuerda y me encaminé a la carpa. Un buen baño en el río, un buen almuerzo o lo que toque a esa hora, y me dispuse a descansar el resto que quedaba del día, tumbado en la arena blanca y recibiendo los rayos del sol en todo el cuerpo. Para eso, un buen libro me acompañaba: Ossie, el poeta sordo, de Osvaldo Palladino, muy adecuado a la circunstancia. Varias veces me dormí, desperté, y volví a dormir bajo el embrujo del sonido del río y las ondas de los poemas de Palladino. Hasta que llegó la noche y sus estrellas y sus ensueños. Y una promesa: todo eso era muy bello para disfrutarlo solo; tenía que encontrar alguien a quien traer a conocerlo, y que fuera capaz de continuar la ensoñación más allá de mi paso por este mundo.
Al día siguiente, desarmar campamento y regresar. En el paso por la comunidad Volcanes, los turistas ya se habían retirado temprano en la mañana y no quedaban rastros de su paso. Era día domingo, y tenían que regresar a sus mundos de cemento y agitación y furia. Descansé y comenté de la cascada con los lugareños; obviamente la conocían, y a veces llevaban a sus turistas a conocerla. También conocían el plano de la altura pero no llevaban a nadie hacia allá; no era territorio sagrado pero sí respetado. Hasta tenían un sendero escondido en la vegetación para llegar a la cima sin las peripecias del ascenso y la escalada que tuve que hacer yo. Luego de un café y un par de panes criollos, y dejarles todo lo que me quedaba de provisiones, seguí mi caminata de horas hasta llegar al pueblo de Bermejo, donde me esperaba mi vehículo. Pagué lo estipulado al dueño del solar en que la guardé, y regresé a Santa Cruz, a mi respectivo mundo de cemento, agitación y furia.
Fue un buen fin de semana, descansado y solo. En realidad, no solo: con la naturaleza.
















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