¿Qué hice este fin de semana largo? Visité el paraíso...

Enviado por el 05/11/2007 a las 11:05

El monte del Amboró es uno de los últimos inexplorados que queda en el mundo, lleno de flora y faunas autóctonas y muchas ni siquiera clasificadas para la ciencia. Queda a pocos kilómetros de Santa Cruz y está considerado peligroso para los exploradores inexpertos. En estas fiestas largas de fin de semana, y luego de unos 10 años por lo menos, volví a sumergirme en sus profundidades por los recodos del río Colorado, en Bermejo. Los recuerdos que quedan de esas anteriores excursiones son hermosos: tierra roja, ríos cantarines, farellones cubiertos de flores y orquídeas haciendo peripecias para no caerse de esas murallas rocosas de unos 30 mts. de altura, largos tramos de río nadando contra corriente sosteniendo la mochila y el equipo que trataba de no deslizarse al agua en el colchón inflable que hacía de flotador, piedras enormes que a veces cubrían todo el paso construyendo cascadas y cachuelas, playas de arenas blancas y suaves que llamaban a descansos peregrinos y a contemplaciones sensuales con el calor del sol sobre el cuerpo desnudo. Sí, valía la pena volver, y es lo que hice en esta larga vacación de 3 días de la fiesta de Todos los Santos, en que el cristianismo y el paganismo bailaban sin ninguna vergüenza en los recintos de los cementerios, al son de bandas ruidosas y descorches pecaminosos más el chocar cristalino de copas y el canto de los dolientes borrachos.

Salimos de Santa Cruz a las 03:00 AM del viernes, con la vagoneta cargada de diesel y la mochila preparada para sobrevivir por lo menos una semana en las profundidades del monte salvaje y agreste. El plan contemplaba sólo 3 días de excursión pero, vaya uno a saber… Siempre hay que llevar el doble de lo necesario ya sea por una pierna lastimada, o simplemente las ganas de alargar la visita. Más de 5 veces revisé, armé y cerré la mochila de 75 litros, tratando de identificar lo olvidado, y como siempre en alguna de esas veces lo encontré: pedernal además de fósforos. Están bien los modernismos pero por algo nuestros antepasados leñosos sobrevivieron miles de años con la piedrita metálica del pedernal, y no con las cajitas y fosforitos. Más sabe el diablo por viejo… Así que agregué un par de pedruscos de pedernal al inventario.

En total, llevaba por lo menos unos 25 kilos repartidos entre la mochila de espalda, el cinto canguroo, y la mochila de pecho. Para ser excursionista del tipo solitario, como lo soy yo, es necesario ser experimentado y robusto. Son viajes de horas y horas de caminatas y luchas contra la naturaleza, y uno debe ser autosuficiente. La comida es capítulo aparte. Si bien sabía que en el río encontraría proteínas de pescados y gusanos, y quizá una que otra ave o pequeño animal abatido por un certero hondazo, la energía es algo que no se encuentra en medio del monte. Por lo tanto, varios turrones españoles (¡energía pura!), y unos 3 kilos entre uvas pasas y semillas secas formaban parte de mi inventario. El resto era ropa de cambio, poca porque en esos montes no importa el andar sucio y siempre se puede lavar en el río, y los equipos imprescindibles de todo excursionista: el filtro de agua de 5 micrones, la cocinilla con unos 3 repuestos de gas metano y propano, unas 2 cortaplumas suizas de supervivencia, un cuchillo de Rambo (muy útil por lo que porta en el interior de su vaina más que por sus capacidades de corte y pinche), un machete colombiano de esos largos y que abren cualquier puerta boscosa o leñosa, el botiquín con todo lo necesario para no enfermarse o morirse, el infaltable revolver S&W del 9 caño corto al cinto, unos 50 metros de soga de escalar con sus arneses y otros implementos, brújulas, relojes de excursionista con altímetro, y la infaltable carpa domo y el colchón inflable.

En este tipo de excursión no se planifica por kilómetros sino por horas de caminata. No existen hitos que nos permitan referirnos a los kilómetros recorridos pero los relojes nos indican cuánto hemos caminado en ese monte muchas veces impenetrable. En mi caso el plan era caminar 12 horas internándonos en la selva del Amboró, espesa, a veces umbría, peligrosa, pero bella a un extremo casi irreal. Varios excursionistas de ciudad han dejado sus huesos por no saber cómo manejar las situaciones en esos paisajes pero en mi caso me acompaña toda una vida de aventuras y experiencias respaldándome en cada paso y en cada metro. No temo andar solo por esas soledades; sólo debo preocuparme de una cosa: evitar una caída que me quiebre una pierna. En ese caso, nadie me saca del monte salvo las patrullas de búsqueda… o la muerte. Por ello, al partir siempre es necesario dejar un bosquejo del recorrido a algún amigo o a la familia, y advertirle “si no estoy de vuelta en tantos días, es que estoy quebrado y vayan a buscarme”. Razón por demás también para portar el doble del alimento necesario.

A la hora y media de caminata, más lenta que años atrás por el crecimiento de la vegetación y por los años (mis 61 años pesan, y cómo los siento), encontré el desaguadero del río blanco, un riachuelo en realidad, con las aguas más cristalinas que se pueden imaginar. De fondo pedregoso, es casi una rareza en medio de esas selvas de tierra roja y lodosa pavimentada de restos vegetales en descomposición. Por su mismo fondo de piedras, es cantarín. No tiene el bramido del río amazónico, que repta por la tierra atropellando los troncos y las laderas, sino es un ruido de cristales rompiéndose, como copas, muy melódico de escuchar. Sentarse en la ladera a mirar el agua y escuchar esa sinfonía es uno de las ganancias de la excursión. En su vera, mi equipaje bajó unos gramos de peso: el primer café caliente de la excursión, con sabor de dioses.

Para ese entonces ya estaba comenzando a detectar los primeros animales. Las huellas en la arena, sus excrementos, a veces el olor penetrante de la orina del jaguar o del zorro de monte delimitando espacios, los restos de algún eslabón de alguna cadena alimenticia. Rastros de humanos, ninguno. Por esos lados a la vera del río no transitan los hombres, sus caminos están labrados en las alturas de ese monte, en medio de los árboles sombríos y por sendas de lustros.

Yo sabía que me dirigía a la comunidad Volcanes, y a las casi 4 horas de caminata me encontré con la sorpresa de mi vida: la comunidad convertida en todo un proyecto turístico de exportación. En mis excursiones anteriores esa comunidad, perdida en la selva, había sido mi descanso y sostén por un par de días. Sus habitantes, unos 20 en ese entonces (unas 4 familias) me dieron lecho y comida, me llevaron a sus cotos de cacería, me regalaron con sus playas de arena blanca. Una hermosa guaraya de unos 15 años (¡desarrollada en su plenitud de mujer a esa edad!) fue mi guía por esos churubitales y a mi vez la guié por los caminos del sexo en medio de la selva y en las playas del río, camino transitado por demás por la susodicha ya que dentro de su salvajismo natural me enseñó muchas cosas de ese mundo siempre inexplorado. Era una vida solitaria y paradisíaca, en la que daban ganas de quedarse para siempre. ¡Y vaya que lo pensé muchas veces en las 4 ó 5 veces que visité esa comunidad. Y hora, gracias a los milagros de las ONG’s, hela ahí convertida en cabañas, lugares de camping, pulcros retretes, planes de manejo, excursiones guiadas, etc. Y estaba llena de turistas europeos, la mayoría alemana y española, todos jóvenes. Me quedé una hora con ellos, agradecí sus sándwiches, conversé de mil cosas en español e inglés, y seguí viaje. No encontré a mi noviecita de ese entonces, se había escapado a la ciudad y de seguro estaría encargada de la limpieza o cocina de alguna casa. La ONG había abierto una página web del proyecto, la que pueden visitar pinchando aquí y viendo las maravillas que rodean estos paisajes y en los cuales anduve caminando y disfrutando este pasado fin de semana. Sorpresas te da la vida. Y no tenía idea de que eso existía. Me entristeció y eché de menos la comunidad antigua, la de ese entonces.

La comunidad Volcanes está situada en el último valle de las estribaciones de este río. A partir de entonces, su curso se angostaba, su caudal se hacía más ruidoso y agresivo, ya no había más playas. Sólo selva, verde y tupida selva, de esas que te tragan al primer descuido. Y tenía unas 5 horas de caminata por delante. Ese era el plan y había que cumplirlo, aunque realmente me costó: era mucha tentación quedarse con esa manada de turistas gringos y disfrutar de un par de días de relajada tranquilidad en su compañía. Pero el plan era el plan, además que de ahí en adelante no conocía nada de esa geografía, era la primera vez que pasaba de largo a la comunidad, y esa era la razón de mi vida de siempre: la aventura, lo desconocido.

El río ya no era plano, estaba formado por farellones altos, rocosos, y sempiternamente cubiertos de flores y orquídeas, con una humedad que trasminaba la ropa y dificultaba la respiración. El altímetro del reloj me decía que estábamos a 1.670 metros de altura. No eran bicocas. Pero la belleza de esos paisajes cumplía con las mejores expectativas: los verdes eran más verdes, las piedras eran más piedras, los árboles más altos, sus troncos más gruesos, y las paredes de los farellones eran una explosiva exposición de orquídeas de todos colores y formas. Las había de un color violeta intenso, de un rojo con pintas amarillas, un azul suave casi celeste, verdes de todo tipo, amarillas con manchas café irregulares; las había globulosas y con tallos. Las había de una sola flor y en racimos. Era algo increíble, inimaginablemente bello… y todo eso estaba en exposición para mí, solamente para mí. No pude evitar el querer sentir a la naturaleza en todo su esplendor y dejé mochila y ropas y estuve paseando un buen rato totalmente desnudo por ese paraíso en comunión total con la vida. Nunca me había sentido tan integrado al mundo del monte salvaje y natural.

A medida que me internaba más y más en ese océano verde, comencé a sentir un ruido sordo, lejano. Mientras más avanzaba, más pronunciado el ruido hasta que tras una de esas esquinas rocosas se transformó en fragor, y apareció ante mi vista la cascada más hermosa vista en años. De unos 15 a 20 metros de altura, toda blancura en sus corrientes despeñadas, ocupaba todo el ancho del río. Se parecía mucho a una que existe luego de Samaipata, llamada la Pajcha, pero ésta tenía la ventaja y la belleza de la virginidad. La Pajcha ya está explotada desde hace años; hasta lugares de camping tiene. Esta no, estaba recién salida del horno creador, estaba como la deben haber visto los dinosaurios en su época. Me desnudé y recibí en el pecho y en la espalda el mejor masaje hídrico de toda mi vida. Me mantuve recibiendo el golpe de la caída hasta que el dolor me hizo retirarme. En seguida, y desnudo como estaba, me tendí en una de esas piedras y la caminata y el masaje cobraron su tributo y me dormí. Unas 3 horas por lo menos, hasta que el frío me hizo despertarme y tomar conciencia de que había que armar el campamento antes de que cayera la noche por esos oquedales.

Armar carpas, y campamentos en general, debajo o en la cercanía de una cascada, no es recomendable. La humedad transformada en una niebla fina y penetrante lo envuelve todo. Así que retrocedí unos 100 metros y en una media hora estuvo levantada la carpa, acumulada la leña, y encendida la fogata. Para ese entonces, ya eran como las 1730PM y comenzaba a menguar la luz. Una nutritiva comida y un reparador café calentaron mis huesos y me dispuse a disfrutar de la noche y de las estrellas. Por mi experiencia, el campamento lo armé a unos 20 metros de una salida de monte, senda por la que transitan los animales para llegar al río, así que a la luz de la noche pude disfrutar de un pequeño desfile zoológico: jochis pintados y del otro, varias urinas, pesados quirquinchos. En la selva existe un código de honor que todos obedecen, y es que cuando los animales van tras el agua nadie los molesta. No es raro ver jaguares compartiendo el agua con jochis o urinas y otros cervatillos. Pero una vez saciada la sed, termina la hermandad y se impone la ley de siempre: comer y ser comido. Como visitante, yo no era inmune a esa ley, y así como los miraba ellos me miraban, bebían y se iban raudos a sus vidas de cazar y escapar.

Al final, con el cadencioso ruido de las aguas y la selva, me entré a mi carpa, me sumergí en mi saco y me dormí. Por precaución, a la mano estaban mi revolver del 9, mi machete, y un puñal. Pero si un jaguar o un humano hubieran querido atacarme, lo hubieran hecho con total impunidad y seguramente ni me habría despertado para recibir su ataque y presenciar mi paso al más allá. Felizmente el jaguar ya no es lo que era antes, un animal vital y hermoso; ahora es un remedo, siempre huyendo, siempre esquivando, siempre ocultándose. Ya no tiene la mirada altiva del rey de la selva; la reemplazó por la mirada astuta y furtiva del superviviente. Ya no es un animal de temer, aunque sí de cuidado.

Al día siguiente, sábado, me despertaron los gritos bulliciosos de las parabas, hermosos loros enormes de largas colas llenas de colores, y salí de la carpa. Un buen baño, un buen desayuno aderezado con un revuelto de huevos encontrados en la arena más unas frutas silvestres plantadas a culo (con el defeque de las aves), y estuve listo para mirar con más curiosidad y cuidado mi medio ambiente. Comencé por organizar un pequeño “escritorio” con unas ramas y hojuelas de platanales silvestres y a escribir mis memorias de esta excursión, las que usted está leyendo, en mi Palm con teclado; ideas locas en ese entonces, las que editaría posteriormente para su publicación. Después de escribir por una media hora, me dediqué a explorar el entorno. Huellas de todo tipo de animal, restos de turbiones pasados revelando la furia de la naturaleza expresada en esas mazamorras irresistibles que arrollan todo a su paso, piedras de todo tipo y contextura revelando mil orígenes telúricos distintos, y hasta un tronco de árbol petrificado con sus anillos de piedra y sus mil historias que contar. Era un buen lugar para acampar. En seguida, puse atención a la cascada, que me llamaba con su fragoroso sonido.

De lo visto el día anterior sabía que tendría que subir si es que quería mirar qué había al otro lado. Tomé, por lo tanto, la cuerda y sus complementos, vestí el arnés, conecté los carabinieri, probé los ascensores/descensotes, vestí el casco, y me dirigí a la caída de agua. Era imponente, impresionante, ocupaba todo el ancho del río. Al mirar hacia arriba se veía nacer de un plano cortado contra el cielo azul. Si quería saber qué había en ese plano, tendría que escalar… y acometí la muralla vertical por el lado que me pareció más irregular.

Casi una hora duró mi ascenso en esos casi 20 metros de altura. Agarrado de cualquier oquedad, de cualquier saliente, de cualquier palo o rama, amarrando y desamarrando la cuerda, descansando colgado, plantando clavos de auxilio, al fin llegué a la cumbre y pude mirar hacia atrás, abajo. Mi campamento se veía pequeño, recortando sus colores alegres y vivos contra el verde del ramaje y el beige de la arena. La cascada, vista desde arriba, parecía una sábana blanca extendida y colgando de la orilla del acantilado. Los costados de la quebrada del río, alfombras arbóreas de muchos tonos distintos de verde y marrón. Las garzas y las parabas sobrevolando el curso de agua y deteniéndose en las piedras. Era un paraíso en miniatura.

A mi espalda, lo que había detrás de esa cascada: un plano de pasto verde alto y color oro meciéndose por la brisa matinal, dibujando olas en esa inmensidad. Uno que otro árbol sobresalía de esa masa verde y oro. En medio, el río como si fuera un tajo en esa planicie, de color negro azulado, sin ninguna piedra que creara cachuelas, la recorría en forma onduladamente irregular. A lo lejos, a unos 500 metros más o menos, se levantaban muelas rocosas que se recortaban contra el cielo azul. Era un paisaje nacido de la paleta de un pintor enamorado; no se pueden plasmar paisajes tales sin estar bajo el influjo del amor. No es posible hacerlo de otro modo. Todo era tan plácido, tan vital, tan irreal, tan incorpóreo. Como hubiera deseado estar acompañado de la mujer amada, pero estaba solo: todo eso era un regalo para mí y mis sentidos, para nadie más. Todo perdió importancia en esa ocasión, el tiempo, lo real, lo palpable, nada importaba; sólo era el Yo y la naturaleza. Era como estar en estado de gracia.

¿Cuánto tiempo habré pasado mirando ese paraíso en estado de contemplación casi hipnótica? No podría asegurarlo. Ya no miraba el reloj. Las horas pasaban y pasaban y ya no significaban nada. Sólo el estar ahí era importante. Cuando algo, un pájaro o un ruido, me despertó, me acerqué al borde del acantilado, armé el descensor tipo 8, amarré la cuerda a un tronco con el nudo desarmable y la cuerda auxiliar, me puse en posición de espaldas al vacío y con los pies bien afirmados en la ladera y me deslicé por el borde en rapel hasta llegar a la base de la cascada y reencontrarme con el entorno de mi campamento. Recuperé la cuerda y me encaminé a la carpa. Un buen baño en el río, un buen almuerzo o lo que toque a esa hora, y me dispuse a descansar el resto que quedaba del día, tumbado en la arena blanca y recibiendo los rayos del sol en todo el cuerpo. Para eso, un buen libro me acompañaba: Ossie, el poeta sordo, de Osvaldo Palladino, muy adecuado a la circunstancia. Varias veces me dormí, desperté, y volví a dormir bajo el embrujo del sonido del río y las ondas de los poemas de Palladino. Hasta que llegó la noche y sus estrellas y sus ensueños. Y una promesa: todo eso era muy bello para disfrutarlo solo; tenía que encontrar alguien a quien traer a conocerlo, y que fuera capaz de continuar la ensoñación más allá de mi paso por este mundo.

Al día siguiente, desarmar campamento y regresar. En el paso por la comunidad Volcanes, los turistas ya se habían retirado temprano en la mañana y no quedaban rastros de su paso. Era día domingo, y tenían que regresar a sus mundos de cemento y agitación y furia. Descansé y comenté de la cascada con los lugareños; obviamente la conocían, y a veces llevaban a sus turistas a conocerla. También conocían el plano de la altura pero no llevaban a nadie hacia allá; no era territorio sagrado pero sí respetado. Hasta tenían un sendero escondido en la vegetación para llegar a la cima sin las peripecias del ascenso y la escalada que tuve que hacer yo. Luego de un café y un par de panes criollos, y dejarles todo lo que me quedaba de provisiones, seguí mi caminata de horas hasta llegar al pueblo de Bermejo, donde me esperaba mi vehículo. Pagué lo estipulado al dueño del solar en que la guardé, y regresé a Santa Cruz, a mi respectivo mundo de cemento, agitación y furia.

Fue un buen fin de semana, descansado y solo. En realidad, no solo: con la naturaleza.

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