Cuando se es joven (para mi, tiempo pasado), se sorprende y llena de expectativas frente a la posibilidad de alcanzar alguna pequeña meta que tomamos como un desafío personal. Imaginemos o recordemos cuando por primera vez postulábamos a un trabajo y se nos fijaba la fecha y hora de la entrevista y competencia entre 30 ó 100 otros jóvenes que perseguían el mismo objetivo. Nos preparábamos estudiando el tema, preocupándonos además, que nuestra presencia fuese impecable. Proyectábamos las circunstancias que nos rodearían en el concurso, tratando de no descartar ninguna posibilidad de error.
En nuestra pantalla mental, hacíamos desfilar a nuestros contrincantes, reconociendo en algunos -pese a nuestro Ego- cualidades con las que nos podrían aventajar:
“Esa niña tan buena moza con mirada severa e inteligente, me pone nervioso... Ese fulano tan joven como yo con quien la niña sonreía, mirando su pelo rubio, grandes ojos y alto de estatura, tan suelto de cuerpo que nos hace sentir un poco inseguros frente a la competencia. Las y los otros superables, sobre todo esa muchachita con lentes y aspecto raquítico pero, también con una tremenda memoria al contestar en forma tan completa las preguntas, también es de temer... El otro muchacho desgreñado con los zapatos sucios y aspecto descuidado pero demasiado despierto, alerta y preciso también al responder con una sonrisa...”
En fin, imaginábamos tantas cosas y muchas más de los examinadores que miran con ojos escrutadores y críticos, impresionan y despiertan otros temores llenando de fantasías nuestra mente. Curiosamente, creemos haber considerado todo lo que sucederá en el momento final pero, generalmente pasa justo aquello que jamás imaginamos, como las grandes ilusiones que nos fabricamos y raramente se plasman en realidad.
Estas angustias que nos hacen sentir impotentes ante diversas situaciones, como una operación o la ausencia sorpresiva e injustificada, fuera de rutina de un ser querido que desaparece abruptamente sin llamadas ni avisos; o nuestra primera cita de amor, abren los senderos de los laberintos del alma frente a nuestras expectativas e incertidumbres de la vida diaria. No todos pasamos las pruebas al sobreponernos frente a la adversidad. Algunos, se desesperan perdiendo la razón y al no tener fe como punto de apoyo, toman fatales decisiones que les impide asimilar la enseñanza, perdiendo la vida.
La completa e intransferible escuela individual de la vida y nuestros elementos de juicio, muchas veces limitados, nos enfrenta a circunstancias en las que nos hace aflorar todas nuestras emociones e inseguridades creando fantasías.
A veces, la gente insegura frente al peligro de perder el trabajo por ejemplo, actúa de manera que ni ellos hubiesen imaginado, recurriendo a la intriga y desprestigio o trampas con sus imaginarios rivales que podrían tener meritos superiores, para conservar la fuente laboral. Son etapas de autoconocimiento que nos ayudan a descubrir nuestras falencias para dar el paso siguiente que es superarlas.
Cuando se sana el alma, también el cuerpo en el que vive transitoriamente. La sencillez denota grandeza y paz interior.
Al pasar el tiempo y los años de vida, se recuerdan estos laberintos del alma, que solo hemos superado en parte, con el amor que es la única emoción que nos desprende de los egoísmos, reconociendo en nosotros como en otras personas, sus propios meritos y cualidades que al tratarlas y conocerlas, nos enriquecen sin ensuciar con pequeñeces nuestro espíritu.
















¡Felicitaciones Alcibiades!
Querido Amigo: Siempre leí tus diálogos con Romina y me llamaba la atención tu espíritu de lucha y querer hacer. Creo que con este envío mereces el Laurel de los Laureles, es un mensaje inigualado, sin querer ofender a nadie, lo mejor que he leído hasta ahora en Ligas Mayores.
Continua amigo es como una caricia al alma.
Agradecida Inés Valenzuela A.