Llegó la lluvia, alegre, inesperada.
Llegó y lavó las penas de la tierra,
preñando sus moradas de canales
por las finas hebras de la tarde.
También tú llegarás como la luvia
vestida de rumor y de silenci,
portando en la razón de tu mirada
los húmedos despojos del otoño.
Aquí me encontrarás como una estrella
que se quedó prendida a sus desvelos
alumbrando sus muertes transitorias,
fabricando los sueños de los otros.
Cercado por las ráfagas del día.
Atento a los vaivenes de la noche.
Rolando S. Cabrera
















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