Estamos en Bolivia, en el Departamento de Santa Cruz de la Sierra. Imaginen un triángulo en que el vértice superior es Vallegrande, el vértice inferior derecho es Alto Seco (un villorrio), y el inferior izquierdo es La Higuera (otro villorrio), todo un poco inclinado unos 20 grados en dirección sur-oeste a nor-este. La senda de monte que une directamente Alto Seco y La Higuera muy pocos, además de mí, la han recorrido. Siempre tuve curiosidad por recorrer la ruta difícil del Ché en Bolivia, hasta que un fin de semana de excursionismo con unos amigos lo hice. Existe un camino fácil, oficial, preparado para el turismo, que une Vallegrande con La Higuera, pero lo que yo quería era conocer el otro camino, el titánico, el del esfuerzo, el hambre, la sed, la vigilia permanente, las batallas con muertos por los dos lados, la desesperanza y la fe en una misión descabellada. Alto Seco y La Higuera son poblados que ni siquiera aparecían en los mapas hasta el Ché y su loca aventura... porque epopeya, no lo fue. Fue simplemente una locura.
En Septiembre de 1967 el Ché Guevara llegó huyendo a Alto Seco, un poblado distante a unos 30 kms. de Vallegrande (que a su vez está situada a 240 kms. de Santa Cruz). Veinte días después, el 9 Octubre 1967, en un poblado ubicado al nor-oeste llamado La Higuera el Che recibió una ráfaga de balas y entró a la leyenda.
Entre Alto Seco y La Higuera hay mucha soledad, sendas polvorientas y desniveladas, sólo el río Parapetí (con muy poca agua) que muchas veces se pierde, muchas quebradas secas y mezquinas, farallones casi insalvables, arbustos leñosos y llenos de espinas que impiden avanzar. Son unos 20 kilómetros de sendas estrechas y enrevesadas, tupidas, en que a veces hay que avanzar a machetazos. Fuimos a conocer todo eso, y a saciar una curiosidad que siempre tuve: ¿cómo fué posible que un grupo de guerreros avezados y entrenados en batalla en 2 continentes hubieran pasado hambre y enfermedades por esas localidades? Yo, que me he internado sin compañía por esas latitudes (no propiamente Ñancahuazu) hasta por una semana, solo con mi mochila, a la buena de Dios y perdido para el mundo, nunca conocí tales extremos.
Nunca los conocí porque el mundo que escogió el Ché es otro mundo. Yo estuve explorando a muy pocos kilómetros, en las entrañas del Parque Amboró, al lado norte del camino principal, verdadero paraíso terrenal, lleno de ríos, vertientes, bosques espesos, animales de todo tipo (desde ratones hasta jaguares), lagunas, cascadas, pozas de agua, helechos gigantes y milenarios en las alturas, montañas de verde intenso, etc. Paisajes muy parecidos a los del sur de Chile pero con clima tropical húmedo, salidos de la película Jurasic Park. El Ché escogió lo opuesto: las serranías de Ñancahuazu, en Vallegrande, a pocos kilómetros de Amboró, que son todo lo contrario, paisaje agreste, sendas llenas de polvo seco que raspa la garganta, aire caliente que duele al respirar, cañadones profundos, un calor infernal, donde la vegetación no es generosa y predominan las cactáceas y los arbustos espinosos, el suelo lleno de piedras sueltas y declives peligrosos, casi sin nada de agua, sin animales que se puedan cazar. Es realmente un infierno lo que el Ché escogió como base para una guerrilla. ¿Error de cálculo? ¿Pensó que hasta allí no llegaría el ejército? ¿Muy macho el hombre? Dicen que allí debió juntarse con el Partido Comunista boliviano que nunca llegó (ni sus hombres ni su ayuda). Se habla de traición... vaya uno a saber y tampoco me importa mucho.
Se llega a Vallegrande en unas tres horas desde Santa Cruz por camino asfaltado, y desde allí en todo-terreno alquilado hasta Alto Seco, bajando hacia el sur-oeste, por un camino de tierra bastante agreste. El paisaje va cambiando rápidamente de valluno a desértico montañoso: cactus, piedras, arbustos espinosos y de troncos arrugados, colores que danzan alrededor del amarillo y café claro. El calor es insoportable, la ropa se pega al cuerpo. Casi ningún humano se ve por esas soledades, y una que otra vaca flaca y desastrosa ramonea en los arbustos. Pájaros no se ven, excepto suchas (un tipo de buitre americano) rondando el cielo, tampoco animales pequeños.
Alto Seco es un poblado de unas 15 casuchas de adobe y techos de paja brava, de gente retraída y huraña, mirada torva, actitud amenazadora como para nunca darles la espalda (por precaución, le saqué el seguro a mi revolver brasilero Taurus pensando en irme acompañado al otro mundo por si era necesario; por lo menos me iría conversando con un par de lugareños, si es que yo no los enviaba primero y yo me quedaba aquí llorándolos). No pudimos conseguir un guía, no quisieron ayudar, y apenas nos dieron indicaciones de cómo llegar a La Higuera, indicando con la mano el rumbo nor-oeste. Por alguna razón no éramos bienvenidos allí, así que ajustamos nuestras brújulas y los altímetros, marcamos hitos en los mapas, trazamos la ruta, revisamos las provisiones y equipos, definimos los roles en el grupo y comenzamos a caminar. El jeep alquilado lo dejamos en el poblado con su chofer (y las llaves y el distribuidor en nuestras mochilas por si acaso al hombre le entraba la nostalgia y nos dejaba botados en esa nada).
La epopeya del Ché tuvo lugar en muy pocos kilómetros cuadrados. Desde Alto Seco son varias horas de caminata dura y regular por esos paisajes desolados (tomando en cuenta que el objetivo es llegar, no tomar descansos, y con equipo liviano). Las mochilas empiezan a pesar cada vez más, la sequedad en la garganta se hace dolorosa, y los oídos se tapan y destapan por la presión. Al comienzo fueron grandes charlas y risotadas, que luego se fueron apagando hasta que solamente hacían ruido nuestras pisadas y las piedras y palos pateados hacia un costado. A las 2 horas de caminata comenzamos a racionar el agua porque la transpiración nos obligaba a reponerla con mucha frecuencia. Los únicos seres vivos que vimos fueron unas cuantas víboras y unos jaúses (especies de lagartijas, pero unas 5 veces más grandes que las que conocemos en Chile); ni un perro medio muerto de hambre nos ladró siquiera. Es realmente deprimente y duro vivir por esos lados. Mirábamos el suelo tratando de encontrar algún casquillo, un pedazo de tela, un zapato viejo, un puñal oxidado, algún recuerdo de esa gesta, pero nada, sólo piedras, palos y terreno seco. Me imaginé a ese grupo de guerrilleros de hace casi 30 años caminando por ahí mismo, casi descalzos, cansados, traicionados, sin abastecimientos, sudorosos y sucios, cargados de fusiles y cajas metálicas, alimentados sólo con sus sueños. En esas condiciones, obviamente pasaron hambre, sed, y se enfermaron. Supongo que la guerra no elige escenarios, pero ir a pelear allí es una locura: hasta para pelear y morir hay que ser elegantes, y el Che y su gente no lo fueron.
Llegó la noche, despejamos un sector y armamos nuestras carpas, cuidando de mirar bien para evitar la visita eventual de la moradora de esos parajes, las víboras cascabel (pese a que no cazan de noche, el calor las atrae). Un café caliente, un par de barras de turrón, un amasijo caliente de granolas, unas cuantas palabras y a dormir.
Al día siguiente llegamos a La Higuera. Es un poblado que está integrardo a una cadena turística que se llamará precisamente La ruta del Ché. Es mucho más abastecido que Alto Seco y su gente es más llana y amable, quizá por la cantidad de turistas que siempre llegan allí (aunque su ruta de llegada es otra, más fácil, y permite motorizados. Son turistas modernos). Les extrañó sobremanera que hubiéramos elegido la ruta desde Alto Seco. ¡Nadie está tan loco como para hacerla! Les dijimos que eso éramos: unos locos. No les dijimos que queríamos conocer todas las experiencias que pasó el guerrillero, que no éramos turistas comunes y silvestres. Para ellos los jeeps, las fotográficas y las Coca-Colas, para nosotros el coraje.
Estuvimos en la escuelita en que estuvo preso el Ché (han reemplazado el techo original, que se cayó de viejo), visitamos el cuarto donde lo ametrallaron, tocamos con reverencia el lavadero donde descansó su cadáver. Todo emocionante, lleno de simbolismo. Visitamos también la casucha de la enana, la que le regaló comida y conversaba con él, la que es citada por el Ché en su Diario y que murió en Santa Cruz hace unos años. No pudimos encontrar a la profesora, la que le sirvió al Ché su último almuerzo poco antes de morir, y que sigue viviendo en el poblado. Conversamos con algunos viejos de esa época, que fueron testigos de lo que pasó y nos contaron sus historias (previo pago de unos cuantos quintos). Algún día las escribiré. Todo ese lugar emana historia viva. Es imposible no sentir recogimiento, aunque no se compartan las ideas del protagonista principal. Descansamos un par de horas, nos apertrechamos de agua, y regresamos a Alto Seco por el mismo camino del día antes. ¡A sufrir, carajo! ¡Miren que andar caminando por esas serranías solitarias!
En el regreso me encontré con la cascabel más grande de mi vida, de un metro y medio por lo menos, enrollada junto a la senda; tuvo la amabilidad de avisarme su presencia con su cascabeleo; dos pasos más y yo no estaría escribiendo esto ya que entre la picada de cascabel y la muerte median unos 10 minutos solamente, más dolorosos de lo que pueden imaginar (la imagen de un picado de víbora es imborrable: hinchado, verdoso, baboso, tiembla hasta morir, como epiléptico). El sonido de los chochones de su cola retumbaba en ese silencio, casi como un rotatorio de esos que usan en las fiestas de pueblo, de palo y madera venesta. Una piedra bien colocada en su cabeza y se alejó, enojada supongo. Seguimos caminando y sorteando obstáculos, y a lo lejos vimos acercarse nubes de tormenta, por lo que comenzamos a apretar el paso para evitar que nos pillara en esas serranías descampadas. En la venida habíamos cruzado quebradas secas y sabíamos que en caso de tormenta se llenarían de agua y turbiones (agua, lodo, piedras, troncos, todo junto) que podrían aislarnos hasta por un par de días sin lugar donde guarecernos porque con esos aguaceros hasta las carpas son inútiles. A poco la lluvia, como siempre torrencial en estos parajes (en que las nubes la dejan caer a baldadas), nos alcanzó a unos 7 kilómetros de Alto Seco, y tuvimos que cruzar un par de torrentes con el agua hasta la cintura y subiendo, mientras las mochilas se balanceaban en las cabezas y sólo las cuerdas en los arneses evitaban que nos fuéramos flotando quebrada abajo. El camino se puso lodoso y se hizo más difícil, pero la perspectiva de quedarnos allí no era elegible, así que el paso se transformó en trote y las mochilas fueron aligeradas: allí quedaron botadas varias prendas de vestir, los artículos de primera necesidad, un par de radios portátiles, el resto de la comida y el agua, e incluso un par de herramientas (machetes, cuchillos de monte), porque en esas circunstancias hasta los cepillos de dientes pesan toneladas. Por las mismas tienen que haber pasado los guerrilleros con sus mochilas y armamentos ¡y muchas veces! No creo que la Sierra Maestra cubana los hubiera preparado para este infierno. Al fin llegamos a Alto Seco. ¡Nunca me había parecido más bello y acogedor ese pueblo miserable! ¡Nunca tan hermosa y gentil su gente huraña y mugrosa! ¡Hasta la densa lluvia nos parecía una bruma acariciadora en la cara! Fin del paseo... y para nunca más hacerlo. La tormenta cesó a medio camino a Vallegrande y se abrió el cielo al sol nuevamente. A las 14:30 estábamos en Vallegrande, y camino a Santa Cruz.
Realmente es de admirar al Ché y su gente. Admirarlo o compadecerlo, no lo sé. Hay que estar fuera de los cabales para entrar a esos descampados, con la única capacidad de carga desperdiciada en armas y municiones (que no se comen), sin agua, calor intenso en el día y frío en las noches, sin un miserable animal al que dispararle y comerse, ni ríos en que bañarse o tomar agua salvo el único de la zona (que a veces queda lejos, perdido en esas quebradas), sin vertientes siquiera. Yo no sé si todas las guerrillas son así, pero parece que en Bolivia sí lo son: Néstor, el hermano de Jaime Paz Zamora (ex Presidente), se las dio de guerrillero en Teoponte (norte de La Paz, de geografía mucho más benigna) cuando muchacho universitario, y murió de hambre. Sí, de hambre, tirado sobre las piedras.
En lo que a mí respecta, cumplí un sueño. Parte de mis días anuales los gasto en trekking, acampando, escalando montañas, bajando quebradas y precipicios, subiendo a volcanes y montañas nevadas y de las otras, atravesando ríos, cubriendo sabanas y desiertos, durmiendo a campo traviesa o en carpa, pero siempre motivado por mi amor a la naturaleza y a la aventura. Tengo 61 años y espero seguir haciéndolo otros 10 años más (o menos, si alguna vez me quedo tendido en la mitad de esos montes). Burreras de niño viejo, dice mi mujer. Esta vez quise hacerlo motivado por una curiosidad histórica. ¿Cómo pudieron sufrir tanto? Ahora me lo explico: Ñancahuazu. Realmente ¡muy macho el hombre! ¡Macho o estúpido! A estas alturas, ya no importa!
















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