Parecía como viajar en avión, el metro era muy cómodo, limpio, con respeto éramos tratados y sin necesidad de guardias, había seguridad. Llegó la ampliación de líneas, muchos más kilómetros férreos, así mismo muchos más pasajeros y muchas incomodidades.
El Plan Transantiago, una mala copia del original, agrava la situación. Un proyecto mal diseñado por empresas que solamente han querido figurar sin tener en cuenta el malestar que podían causar al ciudadano. No se percataron que el niño creció y que los pantalones le quedaron cortos y que por más que se los bajen para taparle las canillas le dejan destapado el culo.Ahora tenemos unos buses enchulados, pintarrajeados por todos los lados, repletos de gente, donde todos somos apretujados hasta lo más íntimo, donde se pierde todo el pudor y el respeto, donde los vendedores ambulantes tienen todos los privilegios, no pagan pasaje e insultan a quién se interponga a su venta; se ve basura por doquier, escupos y los malos olores son frecuentes. El invierno fue una cámara de reproducción y transmisión de virus, los que se insertaron en el metro, orgullo nacional. Lleno de gente, publicidades y señalizaciones comprendidas al revés: "no se siente en el piso", ellos se sientan, "deje bajar antes de subir", ellos se suben. Esta enfermedad ha bajado la calidad de vida en nuestro Santiago querido, la ordinariez y el mal gusto se ha apoderado de la ciudad.
¿Será que necesitamos pintarrajearnos, andar mal olientes, sucios, sin respeto, bravucones, peleadores, con tarjeta bip, para subir a una micro?. Claro está que extrañamos a las micros amarillas, pero, no traslademos todos esos malos hábitos a las micros nuevas,que de eso ya no les queda nada, se ven diferentes y cambian el paisaje de la ciudad. Hay que esperar con paciencia y que con el paso del tiempo tengamos un transporte masivo que sea todo un orgullo nacional.
















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