El CRA

Enviado por degolando el 23/04/2010 a las 22:38
degolando

Perdonen los errores, este fue uno de mis primeros cuentos y quise dejarlo tal cual lo escribí hace un montón de años

El mejor jugador de fútbol que he visto en mi vida se llamaba Juan Carlos Tapia. Nunca llegó a ser profesional y no sé por qué. Tenía las condiciones  para convertirse en el mejor jugador de la historia del patético fútbol chileno, pero nadie lo descubrió. Salvo yo, en las pichangas que jugábamos en el colegio Nueva Aurora de Chile, cuando cursaba mi enseñanza básica.

Era más hábil que Salas, poseía  mejor cabezazo que Zamorano. Tenía una técnica que hasta Messi envidiaría.  No estoy exagerando, porque lo vi y  sufrí no sé cuantas veces de su variada gama de fintas. Yo siempre fui muy tronco para la pelota, así que terminaba al arco o en la defensa, pegando patadas al que se me cruzara por el camino. Como mi función táctica era la de repartir leña, siempre lo enfrentaba. Ya no recuerdo la cantidad de “cariñitos” que le hice. Nunca lo pude derribar. El tipo tenía los huesos de hierro, porque las planchas que le di, eran para romper  el fémur de un elefante pero, apenas le dejaba moreteada la canilla, el estómago e incluso, una vez,  la cabeza. Al terminar el partido (eran  dos tiempos de quince minutos, el período que duraban los recreos) me miraba con ojos de perro degollado, diciéndome: “Media chuletita que me distes, diegito”, matándose de la risa. Claro, a pesar de la patada,  la había metido dentro del arco (que en el fondo, no podía “meterla dentro”, porque las porterías estaban pintadas en las murallas. El colegio era tan pobre que nunca hubo recursos para comprarlos), o  dio el pase gol. Con golpe y todo, me cagaba igual.


Juan Carlos era tan tremendamente bueno con los pies, que podía dar un pase en profundidad de su área chica  a la del contrincante con una pelota de plástico. Como éramos de origen humilde, nadie poseía un balón profesional, Así que entre los compañeros del curso juntábamos dinero para adquirir  una balón que valía cien pesos. Como hacíamos más plata, adquiríamos tres o cuatro balones para el mes, porque no faltaba el pata dura que le pegaba más fuerte de lo acostumbrado, lanzando la esférica  fuera del colegio.

La cancha (sí es que se le puede llamar así al peladero de tierra y piedras que estaba al fondo de la escuela, donde los tontos corríamos detrás de la pelota)  tenía unas rejas protectoras para evitar la fuga de los escolares.  Parecía Auschwitz.

Los tipos que caían el Nueva Aurora eran lo peor del barrio, aquellos alumnos que fueron echados de otros colegios que ahí los aceptaban porque el gobierno paga subvención. Una vez  llegó la policía  para llevarse detenido a uno de mis compañeros, el guatón Romo. Se había robado las llantas de un vehículo y lo denunciaron. Lo metieron a un reformatorio. No volvió.  Desde aquel día un equipo quedó con ventaja numérica. Diez contra once, pero se llevaba a Tapia  que valía por cinco.

 En la institución educativa había tipos con quince o dieciséis años que no salían de la primaria. Tapia era uno de ellos, tenía diecisiete y estaba en octavo básico, cuando debía haber salido del colegio hace rato.  A Juan Carlos le costaba aprender. Se quedaba horas sentado en el banco tratando de sumar 2+2. Si le hacían esa pregunta en  algún examen, de seguro respondía empate. Pero,  nadie lo cuestionaba por su inteligencia, sino por su olor. El hedor que expelía su cuerpo,  era como cebolla frita. Él trabajaba de cargador de  verduras en la Vega Central. Laboraba de cinco de la mañana a siete, luego se ponía el uniforme de pantalón gris, camisa blanca, corbata azul y zapatos negros para asistir a clases.  Llevaba sudado completo, con su pelo negro, sucio y el aromita a rayos.  El flaco Fortín, que era un experto en el apodo, lo rebautizó como el Pepe le Peuf. Lo molestábamos mucho, incluso un par de veces se agarró a golpes con alguien. Como era bueno boxeando y  tenía los músculos desarrollados por el esfuerzo físico de echarse al hombro sacos de papas, ganaba en todas las peleas. Bueno, en realidad había peleas por cualquier cosa. Sobre todo en los partidos.  

Para sobrevivir, había que ser guapo, sino estabas muerto. Yo elegí otro método. Hacerme el tonto para vengarme en los partidos.

Como te molestaban por todo (sobre todo a mí, que tenía trece años y no sabía defenderme), no tomaba en cuenta los insultos, pero, a la hora de jugar el partido tenía revancha. Como en la cancha no existía el foul (a menos que alguien cayera inconsciente), lo pateaba de acuerdo con el insulto proferido.

Recordado quedó en los anales del colegio una jugada en que participé. Era un corner y el galgo cagón de Santibáñez (le pusimos así porque tenía un cuerpo desnutrido y en una clase se defecó), me dijo que mi mamá era una puta. Me quedé en silencio, pero, solo quería matarlo. Le pedí a Juan Carlos que me eligiera en su equipo  (el era el capitán, teniendo el derecho de seleccionar a su equipo de diez jugadores)  y  que al galgo cagón, lo dejaran en el otro. Le conté lo que había pasado. Él me dijo que estaba de acuerdo en que le diera una pateadura y que si  Santibáñez se ponía bravo, él me defendía… En fin, Juan Carlos iba a servir el lanzamiento de esquina.  Subí a cabecear (pese a que nunca aprendí hacerlo). Me acerqué al galgo, Tapia lanzó el centro y el compadre saltó a mi lado. Abrí los brazos, dándole un codazo en la nariz.  La sangre saltó al piso y  cayó desmayado. Le fracturé el tabique nasal. Cuando el tipo estaba en el suelo y la pelota en cualquier parte, llegó un profesor que paró la pichanga (que no se había detenido). Nos quitó la pelota, preguntando:

-          Quién dejó a este muchacho así.- dijo el perro Gutiérrez, profesor de

Historia.  Nadie respondió. Todos se quedaron callados. Al herido lo agarraron entre tres y lo llevaron a la sala de profesores. Lo acomodaron en un sillón de cuero que estaba todo roñoso y lo derivaron al hospital.

            Dos días después llegó el galgo, con los ojos morados  y  el rostro hinchado, se acercó a mi puesto que estaba al  final de la aula porque era el más alto del curso. Camino por el pasillo y le pegó  a la mesa.

            -  me las vas a pagar, chuchetumadre, me las vas a pagar.- Empuñó la mano. Cuando alguien le agarró el brazo, apretándole al cagón el bíceps. Era Tapia

-          Algún problema con el loco.- le dijo

-          ¡Sht!, mira como me dejó.-

-           pero vo’ le sacaste la madre al loco y el cobró su parte. Así que no lo

vai a hueviar, porque sino te saco la mierda a combos cualio- Santibáñez se quedó callado y  se fue. Me dijo que me quedara tranquilo, que si el compadre trataba de pegarme, que le avisara y  se sentó conmigo. Tuve que soportar su aroma, pero, eso, fue mejor que una pateadura.        

Sin embargo, nos castigaron. Nos prohibieron jugar a la pelota. Sin embargo, igual lo hicimos. Escondimos la pelota en una mochila, en la mía. Pero, yo quedé castigado por mis compañeros. No me dejaron jugar más y  a cambio de la cagadita, yo debía avisar cuando un profesor venía al patio. Tapia no se opuso. Como quedó prohibido jugar, alguien tenía que hacer  el trabajo y  no me quedó otra que observar la pichanga. Era octubre y quedaba un mes para salir de la enseñanza básica para entrar a la educación media. Estaba listo en el colegio de mi tía, un lugar cien veces mejor que donde estaba.

Desde afuera pude observar su técnica en velocidad. era tan rápida que levantaba una estela de polvo a su paso. Además de habilidad tenía fuerza, pese a no medir más de un metro setenta y cinco. Bueno, cargando fruta de 50 kilos, cualquiera agarra potencia física. Creo que una vez fue a probarse a la Católica, pero no lo aceptaron porque dijeron que era malo. No lo entiendo. En el entrenamiento marcó tres goles. Dio dos pases gol. La figura, pero no lo dejaron. Al parecer, el entrenador  encontró una botella de vino en su mochila o iba pasado a alcohol, nunca supe bien la historia. Sólo rumores.

A Tapia le gustaba beber. Algunas veces llegó borracho a clases o volado. le gustaba la marihuana, las mujeres y todo lo que atenta contra el deporte. Me acuerdo que lo sorprendí  fumando hierva en el baño del colegio, yo me quedé callado. No lo iba a denunciar después de salvarme el culo con el galgo.

Tampoco fue tan malo no jugar.  Me reía de los tipos que en vez de pegarle al balón, lo hacían contra una piedra que se incrustaba en la cabeza del defensa. Éste quedaba tirado en piso con un ojo en tinta.

Cuando aparecía el profesor, daba un silbido.  Alguien escondía la pelota en su espalda, apoyándose contra la muralla. El resto se dispersaba. Otros se ponían a jugar la pinta u otra cosa que no fuera a la pelota. Si alguno de ellos  hubiera querido ser actor, se moriría de hambre. Se notaba que estaban ocultando algo  raro. Miraban al inspector con cara de yo no fui. Se delataban solitos, los muy pelotas.

Al final, levantaron la sanción. Los directivos se dieron cuenta que era mejor verlos y  ser una especie de juez que dejarnos sin deportes. Desde aquel día se añadió al reglamento tácito de la pinchanga el foul, auque igual seguían algún tipo de patadas porque los profes se divertían. Se sentaban en unas bancas del patio a ver el show de patadas y  admirar a Tapia. Algunos maestros lo invitaron a su equipo de fin de semana. Le pagaban con dos cervezas y un pito para que los ayudara a ganar alguna liga de barrio. Él sacó campeón a un club muy malo de La Pintana y creo que Colo- Colo le ofreció ir a jugar por ellos. Duró tres días. Al cuarto llegó tan ebrio que golpeó al entrenador de cadetes. Lo echaron y se acabó su carrera al profesionalismo.

En fin, todos jugaban, menos yo. El veto no me lo levantaron. Me quedé mirando en un rincón, con las manos sudadas y  con la mierda hirviendo. Se acababa el año y no volvería a tocar un balón.

Juan Carlos no iba a pasar de curso, por tercera vez. Tenía cinco ramos reprobados, pero, como tenía unos pies mágicos, negoció con cinco profesores jugar a la pelota por su club para que le cambiaran la nota. Estos aceptaron, salvo dos, el de educación musical (que odiaba la pelota) y  el perro Gutiérrez de Historia. Ambos se negaron.  Con dos materias en rojo, repruebas, sin embargo con una en ese entonces pasabas.

En historia yo tenía el mejor promedio del curso. En el resto me iba parejito.  Pasaba a primero medio, pero Juan Carlos no.  Iba saliendo del colegio, cuando Tapia me llama. Me arrincona contra la pared y me dice:

- Diego, yo te salvé el pellejo, ahora te toca a ti. Deja que te copie o te saco la cresta.-  miré su rostro largo, duro, moreno. Ya con arrugas de juerga.

- bueno,- le dije con un hilito de voz.- pero, con la condición de que me dejen jugar el último partido antes de irme.-

-          yo no puedo hacer eso, todos te tienen cagado.-

-          entonces me como la golpiza y tú repruebas.- tapia insinuó a que me

iba a golpear, pero no lo hizo. Estaba muerto de susto.

-          está bien, el viernes antes del examen vas a jugar.-

-          pero, hay algo más.-

-          qué.- dijo extrañado.- estás agotando mi paciencia.

-          Quiero ser el goleador.-

-          Puta, si yo no hago milagros.-

-          Yo sé como tú juegas, pásate a todos y en vez de rematar al arco, pásamela.

-          Está bien.  no me queda otra.- dijo

Llegó el viernes y Tapia intercedió por mí. Amenazó con no jugar si yo no estaba en su equipo. A regañadientes, aceptaron. Se habían acostumbrado al “juego limpio” y yo me caracterizaba por ello. Me obligaron a no pegar, sino me expulsarían a patadas en el culo. Volvíamos a la normalidad: diez contra once.

Como correspondía a la tradición, los capitanes jugaron al cachipun, para saber quién partía. Ganamos porque Tapia puso piedra y el Loco Rivera tijera. Por primera y única vez, alguien se consiguió una pelota de cuero, profesional, treinta y dos cascos, recién inflada con un bombín. La pelota se lanzó al aire, señal inequívoca de que el partido comenzaba. Tapia la agarró de boleo, de la mitad de la cancha y la clavó al ángulo.  ( el espacio tenía como cuarenta metros de largo, por 20 de ancho. No había saque lateral, exceptuando el cornel o saque de valla, cuando la pelota pegaba en la muralla y los goles valían de toda la cancha). el Nano Pino, el mejor arquero de curso, pese a que medía un metro cuarenta (casi todos los porteros son altos, menos este caso) solo la miró. Uno cero.

Los rivales partieron, el  narigón Fortín se la pasa al loco, el loco se la devuelve y al medio se forma una toletole. Veinte giles tratando de agarrar el balón, así pasamos como cinco minutos con pelotazos de un lado a otro. Las patadas vuelan  y yo fuera de la toletole, aguardando el pase de Tapia. La pelota cae en los pies e JC. La agarra, pasa a uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis. frena porque Fortín se cruza. se la tocó al negro Vásquez, se la devuelve en pared, tapia queda solo frente al portero y la toca hacia donde yo venía. La toco con borde interno y le doy al palo, la pelota me vuelve a caer y la agarro de puntete. Golazo, grite.

Sonó la campana del recreo. Entramos al baño a mojarnos el rostro. y luego nos secábamos con una toalla comunitaria. En marzo llegó blanquita, pero, ahora, después de interminables jornadas pichangueras, la toalla tenía un color grisáceo y un hedor peor que el de Juan Carlos después de cargar manzanas.

Entramos a la sala y  JC se sentó a mi lado. Nos pasaron el examen. Él perro Gutiérrez  hizo cuatro filas, lo que hacía imposible copiar. Terminé lo más rápido posible la prueba. Luego, con mucho cuidado, le di un codazo a Tapia. Este asintió con la cabeza. Ambos tomamos cuidadosamente nuestros exámenes y los intercambiamos mientras en perro nos daba la espalda. Yo tenía un lápiz mina en mi bolsillo derecho. Con el escribí las respuestas del test, suavemente, para que después con una goma se pudieran borrar las respuestas. Tapia, mientras tanto, hacía como que escribía. Acabé rápido para repetir la misma operación. Él transcribió lo que había escrito, sin embargo, en algunos párrafos le costó entender las patas de gallo a las que llamo letras. Pero, casi al final, logró acabar. Yo había entregado mi examen y  salí al patio, lo esperé. Fue el último en abandonar la sala. Cuando salió, Gutiérrez me llamó. Yo fui con las piernas tiritando.

- Valdivieso, usted ayudó a Tapia, verdad- recriminó con ese tono de militar fracasado con el cual intentaba imponer respeto.

-  ¡cómo se le ocurre que yo lo voy ayudar!- respondí con carita de niño bueno.-

 -  Cree que no me di cuenta que usted intercambió hojas con él.- quedó con su mirada fija, tratando de intimidarme. Lo hizo. Aunque, fijé la vista en su corbata conchevina, la cual usaba en las pruebas finales. Yo seguí negando, moviendo la cabeza.

-          acaso usted quiere reprobar.-

Me quedé como congelado. Estaba empezando  a sudar frío. algo, no sé qué me empujó a sacar toda la pachorra que en mi vida había tenido para enfrentarme a  alguien con autoridad. ya no tenía nada que temer al perro, total, tenía seis cinco de promedio. No iba a soportar que nunca más alguien me pusiera un pie encima con su abuso de autoridad. Inspiré aire, luego dije.

- sabe qué señor, usted es un hijo de puta que no tiene ninguna prueba de lo que está diciendo, sólo está ejerciendo una presión indebida en mi contra para que confiese algo que no he hecho y  si usted desea, lleve hasta el director con esta infamia, pero, yo le advierto perro y la conchadesumadre , que  yo lo voy acusar de dejar embarazada a una de mis compañeras que ya me confesó todo, eso sumado a los reglazos, a los golpes que nos ha dado a cada uno de nosotros,  lo van  hacer mierda ante el ministerio de educación.- inspiré algo de aire.-  ni siquiera a un par de cerdos podrá hacer clases, terminado como un pordiosero y con una demanda de pensión alimenticia que acabará con su puto matrimonio.- el viejo se quedó helado. No atinó a nada. Se arregló la corbata y se abrochó el botón de la chaqueta. Dio la vuelta, partiendo a la dirección.

Profesor- lo llamé.- le quedó claro.

Hasta luego señor Valdivieso, que le vaya muy bien en la media.-

Al Finalizar la Prueba, comenzó el segundo tiempo, Tapia la agarra en la mitad de la Cancha, con una bicicleta pasó a Fortini y Santibáñez, me mira y me tira el pase, yo sólo frente al portero, le pego de media volea sin pensar (nunca más en mi vida le pegué así) Golazo.  Los rivales partieron, comenzaron a pegar patadas a mansalva. Nadie quería perder el último partido de la básica. Fue así como el Diego Troncoso (quien le hacía honor a su apellido) tras un rebote, golpeó el balón con la canilla y la metió adentro. Dos minutos después apenas partimos, Gabriel Riquelme (nuestro defensor estrella) se pifia y le entrega en bandeja la pelota a Troncoso quien anota el empate.

De ahí en adelante, el juego se torna algo confuso. Nadie quería cometer errores porque los capitanes habían decretado el último gol gana, porque el inspector – el flaco Rodríguez, un tipo que parecía que cualquier viento lo derrumbaría) nos advirtió que nos quedaba poco tiempo y que nos dejaba jugar un gol más antes mandarnos a la casa para la ceremonia de graduación. En las afueras de la cancha, los profesores se quedaron mirando el último juego del octavo A, incluso los profesores de matemáticas y el de Castellano apostaron cinco lucas al ganador. Una que otra compañera con cara de aburrida, esperaba el término del partido para sacar de la cancha a su novio sudoroso y apestando a rayos.

La tensión se sentía en el ambiente. Nadie hablaba. Sólo se oían los autos que avanzaban raudos por Pedro Donoso y todos esperaban a que sucediera algo, un milagro. Así luego de una trancada que lanzó lejos al pato Moya, Tapia avanzó por la derecha. Cinco defensas intentaron detenerlo, pero Juan Carlos  con don fintas dejo pagando a los rivales. Yo seguía la jugada desde la punta izquierda, picando a toda velocidad. Levanté la mano y Tapia mi miró. Levantó un centro  y yo piqué en diagonal a la pelota. El flaco Fortini intentó ganarme el cabezazo, pero yo me elevé más alto y cabeceé al segundo palo. El nano Pino caminó hacia el primero, pensando que sería un remate recto, pero no fue así y quedó parado cuando el balón se clavó abajo junto a un poste.

- Goooolaaazooo, conchetumadre- grité, mientras esquivaba compañeros que se me lanzaban encima. Por el rabo del ojo, vi como el profesor de Castellano echaba puteadas mientras pagaba la apuesta al de matemáticas y en eso, un grupo de compañeros me saltaron encima haciendo un montoncito, asfixiándome bajo cinco cuerpos…

En la tarde, vino la graduación. Los mismos sudorosos vestíamos nuestros uniformes impecables. En una ceremonia eterna, en que más de alguno lloró, yo estaba feliz. Por fin se había acabado la Básica y ahora comenzaba la Media, fue así cuando yo recibí el diploma y en la última lista apagué la vela, me sentía liberado de ese colegio de mal a muerte. Subí a la sala donde el octavo A se reunió para despedirse  cuando me encontré a Tapia peinado a la gomina y pasado a perfume, al verme se puso a llorar.

- Gracias dieguito, gracias.- dijo

- No, gracias a ti por los goles-

A Tapia no lo volví a ver hasta muchos años después, cuando entré a estudiar periodismo en la Universidad Bolivariana. Fue en la vega. Tenía que armar una nota de periodismo en primera persona y ahí estaba un poco más viejo y más demacrado, con un par de arrugas en la frente, pese a ser tres años mayor que yo, aparentaba ser un hombre de cuarenta. Llevaba consigo un carretón cargado con sacos de papas. Yo lo miré correr por la calle, pensando que aquel tipo pudo ser un grande del fútbol chileno.

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