Hábitos alimenticios en los mayores

Enviado por Maria LLácer el 12/01/2010 a las 14:53
Maria LLácer

Dra. D. Marina Carpena
Licenciada en Medicina y Cirugía

Avalado por la Sociedad Española de Geriatría

Alimentarse es una funcion básica. La falta de alimento es la principal causa de muerte hoy día en el mundo y la mala alimentación es una de las principales causas de enfermedad. Con capacidad económica suficiente para decidir sobre su alimentación, deberá revisar qué come y cómo lo hace.

Hábitos, gustos y preferencias

La manera de alimentarse de cada persona es un reflejo no sólo de los hábitos aprendidos, sino también de la propia forma de pensar. Todas las personas mayores tienen bien establecidos unos hábitos de comida que se han consolidado con el paso de los años.

En la mayoría de los casos estos hábitos se formaron inconscientemente, comenzando en la primera infancia. Se basan, en parte, en la educación recibida, y también en los gustos y preferencias de cada individuo, modificados por algunos condicionantes externos, como los medios económicos disponibles para obtener el alimento. Son por ello también un reflejo de la cultura de cada individuo.

Las preferencias al comer terminan por formar parte de la forma de ser y no se cambian con facilidad a esta edad. Generalmente, sólo una enfermedad o una clara percepción de que lo que se come es inadecuado (por cualquier razón) hacen cambiar la dieta a una persona mayor.

 Aunque los hábitos alimenticios esten muy arraigados, puede que no sean adecuados.

Revisar las costumbres

Sin embargo, cuando uno se va haciendo mayor llega un momento en el que la revisión cuidadosa y crítica de los hábitos alimenticios, y la introducción de pequeñas modificaciones dirigidas a conservar la salud y mejorar el bienestar, es especialmente beneficiosa.

Recuerde que aún le quedan muchos años vida. Y son precisamente esos años en los que se harán evidente los resultados del cuidado que se haya puesto en el cuidado del organismo a lo largo de la vida, y el desgaste que haya sufrido.

No es normalmente necesario, ni posible, ni beneficioso, modificar los hábitos alimenticios de raíz y por completo en la vida adulta. Pero revisarlos, e introducir algunas modificaciones en ellos cuando sea oportuno, debería ser obligado.

 Mejorar la alimentación

Moda y alimentación

Parece haberse puesto de moda últimamente preocuparse por lo que se come, pero desgraciadamente esta moda ha traído más consecuencias negativas que positivas. Las modas nos obligan a muchos a tomar determinadas cosas en aras de una salud mejor, sin ser de todo conscientes de lo que hacemos.

En general, estas modas duran un tiempo, y poco después aparece la moda contraria. Por supuesto, inventan que todas ellas están apoyadas en "sólidas" investigaciones médicas de una universidad u otra, aunque no sea cierto y se convierten en una especie de dogma de fe.

Deje de complicarse la vida. Si padece alguna enfermedad que le obligue a cambiar de dieta o prescindir de algunos alimentos, su médico le debe explicar cuidadosamente en qué consiste la nueva dieta (de hecho, la única razón habitual que consigue obtener cambios permanentes en la dieta de un adulto es la prescripción médica de una dieta terapéutica).

Dada la enorme cantidad de alimentos y condimentos, siempre pueden encontrarse muchas alternativas que no sean nocivas para uno. En caso contrario, deje de "tratarse" enfermedades no aparecidas, y de creerse cualquier consejo que le de el más enterado de sus amigos.


Las calorías y el peso
Algo que sí puede hacer es considerar la cantidad total de calorías que toma en un día normal, y comprobar si es adecuada.

La cantidad recomendada varía según la edad, el sexo, el peso y el grado de actividad física. A modo de ejemplo, un varón de unos 75 kg que trabaja en un oficio sedentario debe consumir alrededor de 3000 calorías al día, y una mujer de 65 kg con el mismo trabajo unas 2400 calorías.

En general, el organismo va regulando el apetito de manera que se ingieren las necesarias para mantener el peso.

Las personas mayores deben tener cuidado con el peso, ya que a esta edad puede haber problemas tanto por exceso como por defecto. Se discute mucho si los mayores deben tomar las mismas calorías que los jóvenes o no. En general, deben tomar menos si reducen (como suele suceder) la actividad física. En cualquier caso, siempre que se mantenga el peso previo, si este era adecuado, se puede comer libremente.


 

Algunos consejos
La alimentación debe ser siempre y a todas las edades equilibrada. No es bueno comer solo de una cosa, por muy sana que esta sea. Ningún alimento contiene todos los nutrientes necesarios para el cuerpo humano. Por tanto, hay que hacer una dieta variada para evitar las enfermedades carenciales.

Es beneficioso además repartir la comida en varias tomas a lo largo del día. Generalmente se aconseja hacerlo en al menos tres momentos importantes: el desayuno, la comida y la cena.

No es conveniente eliminar ninguna de estas tomas, y muchos expertos aconsejan incluso hacer tomas más frecuentes y de menor cantidad añadiendo la merienda y el almuerzo a media mañana. Esto es especialmente cierto en los niños y en los mayores.

Por último, debe considerarse en la alimentación el factor social. Una de las riquezas de la cultura mediterránea (y recuerde que la dieta mediterránea es un paradigma del buen comer) es que las comidas son un momento de reunión social. Comer no es solo alimentarse, es también un placer.

Las personas normalmente comen con compañeros de trabajo cuando son jóvenes y con la familia de mayores. El comer con otras personas es un buen soporte para mantener la nutrición de los mayores. De hecho, está demostrado que las personas que comen solas descuidan poco a poco sus alimentación y pueden tener problemas serios de salud. Comer solo es un factor de riesgo.

Necesidades de agua y líquidos en los ancianos

Es mucho más fácil dar algún consejo sobre la bebida que sobre la comida. Beba usted un mínimo de dos litros de líquido (agua, zumos, refrescos, leche) al día, y algo más en verano

El valor del agua

El agua es vida. Esto es una realidad totalmente demostrable en los seres humanos. Si perdemos el agua que tenemos, es decir, si nos deshidratamos, podemos llegar a morir.

El agua es especialmente importante en las personas mayores por diversas circunstancias. En primer lugar, porque el agua corporal total (la cantidad de agua que contiene el cuerpo) disminuye a lo largo de la vida. Es decir, aunque se pierda menos agua, se puede notar más.

Además, con el paso de los años se va atenuando la sensación de sed. Esto se produce porque los mecanismos hormonales y los receptores de la pared de los vasos son menos sensibles a los cambios en la cantidad de líquido en nuestro cuerpo.

La alarma de la sed tarda más en sonar y avisarnos de que necesitamos agua. Por ese motivo la respuesta a la pérdida de agua es más lenta. Si sabemos que podemos tardar en darnos cuenta de que necesitamos agua, el mejor truco es beber habitualmente sin esperar a tener sed.

En tercer lugar, a veces se tienen pérdidas excesivas de agua por una diarrea, por sudar demasiado, por tratamientos con diuréticos o por diversas enfermedades. Algunas de estas enfermedades son más frecuentes en las personas mayores.

Por último, algunas personas han tomado la costumbre de no beber apenas agua. Esta costumbre, que fuerza los mecanismos de ahorro de agua, es muy peligrosa cuando uno se hace mayor. Otras personas mayores tienen dificultades para beber porque no se pueden desplazar (incapacidad física) o no pueden tragar bien

Recuerde

No todo el agua viene de la que se bebe. El propio organismo produce agua en distintas reacciones químicas (unos 350 cc. al día). Otra cantidad proviene del agua que llevan los alimentos en su composición (unos 500 cc.) y los demás líquidos que bebemos.

No obstante, el agua del metabolismo y de los alimentos no líquidos no es suficiente para las necesidades. Para cubrir las necesidades es preciso llegar a beber entre litro y medio y dos litros de líquido al día. Esto son unos seis vasos grandes. 

Vale el agua, la leche, los zumos, las infusiones o los refrescos. Cualquier líquido que apetezca mientras no tenga alcohol. Es conveniente evitar las bebidas con gas, o al menos no abusar de ellas.

Si aún no la tiene, debe establecer pronto la costumbre de beber durante el día fuera de las comidas, aunque no tenga sed. Esta costumbre de tomar al menos una cantidad mínima de líquidos al día es sencilla, barata, y sus beneficios muy numerosos.

Otra cosa que debe recordar es que se pierde agua por los riñones, los intestinos, los pulmones y la piel. Normalmente uno no se da cuenta de las pérdidas por los pulmones (el vapor de agua que sale al respirar, que se aprecia muy bien en las ventanas de los lugares cálidos los días fríos). Tampoco de la que se pierde con el sudor a través de la piel, o de la que sale con las heces normales. Por eso los médicos las llaman "pérdida insensibles".

El problema es que en determinadas ocasiones estas pérdidas pueden hacer que una persona se deshidrate. Estas pérdidas pueden aumentar en casos de diarrea, fiebre o enfermedades respiratorias, por ejemplo. Conviene también beber más cuando hace demasiado calor y después del ejercicio.

2 litros. Esta es la cantidad media diaria de agua recomendada.

El alcohol es una de las pocas drogas legales. A partir de una cantidad diaria crea problemas de salud y dependencia. El alcoholismo no es excepcional en las personas mayores, y la adicción al alcohol puede empezar en estas edades.

Por tanto, es conveniente limitar la cantidad de bebidas alcohólicas: Vino con las comidas, alguna copa suelta algunos días, y poco más.

No es precisa la abstención completa, pero muchas personas creen que beben "lo normal", y no llegan a entender que están tomando un producto tóxico en cantidad excesiva. Se sorprenden luego al descubrir el daño que ha causado ese alcohol aparentemente inofensivo.Los que beben regularmente poca cantidad pueden seguir bebiendo un vaso de vino con las comidas. Este hábito podría ser beneficioso para la salud, siempre que la cantidad sea limitada.

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