Realmente habría que decir Mañana de Reyes, ya que en esa época –1953, cuando tenía siete años– los niños nos teníamos que ir a la cama muy temprano “para que los Reyes comprobasen que estábamos dormidos y además que no les viéramos. Si un niño veía a los Magos, ¡adiós juguetes!. Así que a la cama prontito, porque por entonces no existía la televisión ni todos los entretenimientos actuales. Lo único, una gran radio que presidía el aparador del comedor de mi casa y alrededor del cual se escuchaban normalmente los programas que emitía Radio Madrid como aquél famoso de CABALGATA FIN DE SEMANA. Y los “diarios hablados”, a mediodía.
Pero vamos directos al grano, que pueden llegar Sus Majestades y encontrarme escribiendo y me quedo sin que me “echen” nada.
Mi padre siempre fue un exagerado con el tema de los Reyes Magos, característica que al parecer he heredado de él. El caso es que todos los años, desde que recuerdo, había regalos para todo el mundo. Para mi madre, mis hermanos, mis tíos y tías, la criada y ninguno para el gato porque no lo teníamos. ¡Hasta para el portero de la finca, que era nada menos que Policía Armada! Con la poca simpatía que les tenía mi padre a tales individuos...
De juguetes no hablo. ¿Para qué, si debajo de mi casa se hallaba y se halla todavía el Bazar Horta y el dueño consideraba a mi progenitor como un gran amigo. Debía ser por el dineral que se gastaba allí. Lo cual significa que todos los años los Reyes Magos habían sido espléndidos a más no poder. ¡Hasta un coche de caballos – en realidad una especie de bicicleta forrada con la figura de un caballo, que arrastraba una calesa – le compró un año, a última hora – a más de las 12 de la noche – a un magnífico artesano que lo había construido y no lo pudo vender ya que pedía mucho dinero por él. Siendo tan tarde ya, se lo dejó a buen precio. Y todavía no sé cómo lo pudieron subir mis hermanos mayores por las escaleras porque en el ascensor desde luego que no cabía.
Pero aquel año de mi más mágica Noche de Reyes la cosa fue más que tremenda. Me desperté bien temprano, en la habitación donde dormía con uno de mis hermanos que me lleva seis años. O me despertaría él, no recuerdo. Él ya estaba en el “secreto” así que supongo que lo haría para ver cómo reaccionaba yo.
Y encontramos solamente un par de cajas que, bueno, regalos eran pero no a los que estábamos acostumbrados. Miramos en la ventana, donde colocábamos los zapatos bien limpios – ya se encargó mi abuela de lustrarlos, naturalmente - para que los de Oriente supiesen que éramos niños muy aseados. Y tampoco había nada.
Salimos de nuestro dormitorio, fuimos al de nuestros padres, a los de mis otros dos hermanos mayores, al comedor, a la cocina, a los cuartos de baño, nos asomamos al balcón y nada de nada. Creo que ni me acordé de hacer pis y mucho menos de desayunar, tan grande era mi agobio.
Mis hermanos no hacían más que decirme que debía haber sido muy malo y que los Reyes habrían pasado de largo. De nada había servido la larga carta, escrita en aquel año en que aprendí Caligrafía. ¡No me habían dejado más que el pequeño regalo que encontré al principio!
A mis siete años aquello suponía una tremenda desgracia, un castigo inmerecido por muy mal que hubiera podido portarme. Y, no pudiendo más, de repente me puse a llorar a lágrima viva y a moco tendido.
Aquello debió ablandar por fin el corazón de mis hermanos y, como quien no quiere la cosa, me condujeron al salón que era la única pieza donde no habíamos mirado. No recuerdo la razón, pero sí es cierto que el salón era sagrado y yo allí no pisaba ni queriendo. Eran órdenes estrictas y, salvo en las ocasiones en que venían invitados, los niños no podíamos entrar en él. Se trataba del mismo salón donde ahora escribo y en el que normalmente paso gran parte del día, donde está situado lo que denomino “El rincón del Villano” y la televisión y el equipo de música así como mi ordenador. Eran otros tiempos y, por tanto, otras costumbres.
Abreviemos. Me condujeron ante sus puertas, tenía y tiene dos entradas, que estaban cerradas. Las abrieron y ¡oh, maravilla!, los sillones, el sofá y hasta el mismo suelo estaban totalmente abarrotados de juguetes, libros y demás regalos. Aquello parecía como si hubiesen vaciado todo el Bazar Horta y lo hubiesen subido y colocado allí.
Me sentí pasmado. No acertaba a ir de un sillón al otro para poder contemplar y tocar todos aquellos juguetes. Fue entonces cuando sí me entraron las ganas de ir al cuarto de baño. ¡Ya era hora!
No voy a entrar en detalles, porque sería muy largo describir todos los juguetes que había. Pero sí recuerdo que a mi hermano le habían “echado” una colección de libros llamada Colección Cadete. Y también otra titulada Colección Clásicos Cadete. En aquellos momentos no me llamaron la atención más que por el colorido de sus tapas, pero años más tarde fue en ellos donde leí por primera vez La Eneida y La Odisea. Y la Vida de los Doce Césares, así como casi todas las obras de Julio Verne, Bryan Scott, Emilio Salgari y hasta el célebre Tarzán de los Monos de Edgar Rice Burrroughs.
Efectivamente, fue mi más mágica mañana de Reyes. Al año siguiente tuve otra, pero mucho más comedida. Y a los dos años ya no hubo esa clase de “Reyes” porque mi padre falleció, desgraciadamente.
Os deseo de todo corazón que alguna vez hayáis tenido una experiencia como aquella que, al cabo de cincuenta y seis años, sigo recordando. Y si no vosotros, que la tengan vuestros hijos. Procurad hacerlo, porque es una experiencia inolvidable.
















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