Si después de enviarte un largo escrito,
en el cual mi verdad queda plasmada,
no has sido ni capaz de decir nada
no extrañes que mi alma exhale un grito.
Te quejas de que llame amor maldito
a lo que fue pasión desenfrenada.
Tú eras una “dama” encaprichada,
para ti sólo fui tu juguetito.
¿Que pagaste por ello? No me duele
afirmarlo sin el menor desdoro.
Cuando gusta una cosa es lo que suele
pasar, que hay que pagarlo con vil oro.
No te extrañe que ahora el verso vuele
y reclame que pagues mi tesoro.
Te diste el gran placer de ser mi amante,
de gozar de mi cuerpo y mis poemas,
así que déjate ya de pamemas,
no vuelvas a fingir ya en adelante.
Que la deuda saldé. ¿O no es bastante
haber acariciado con las yemas
la llama del amor? Casi te quemas.
O eso me decías anhelante.
“Una inyección de vida”, repetías
cuando yo muy curioso preguntaba
la sensación aquella que sentías.
Nadie me dijo eso y me extrañaba.
Pero, calculo bien, mil poesías
son una vida eterna que no acaba.
















COMENTARIOS
hace 2 días
hace 2 días
hace 2 días