Abrí mis ojos y me vi en esa cama de hospital, con mucha gente que bullía como un panal de abejas que iban y venían, luego ese médico joven auscultándome con mucho recelo, moviendo la cabeza y escribiendo algo en esa papeleta. Quise escapar, quise gritar, pero mis miembros no me respondían, quería gritar que yo no estaba enfermo, no podía estar enfermo, era muy joven aún para estar enfermo. Recordé como podía haber llegado allí, esa mañana como tantas salí de mi casa en la Población La Victoria y con el diario bajo el brazo fui a buscar empleo, recorrí medio Santiago, dejé la suela de mis zapatos sobre el caliente pavimento de las calles. Ah, esas largas entrevistas, los rechazos; unas eran por que no tenía experiencia, otros por la edad. Era un hombre joven, si tan solo tenía cincuenta, cincuenta años de edad, ¿acaso no tenia derecho a vivir?. En un esfuerzo supremo me incorporé de la cama y miré el diagnostico “Muerte prematura” y desperté.















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