Así voy, rengueando la vieja levedad de los días, llorando a mares, haciendo un oleaje inmenso con los infortunios: que cambiaría por un viaje a la montaña rocosa y abrupta, cuya cellisca no deja ver ninguna distancia, o por ir a la montaña nívea de otros tiempos; aquellos tiempos en que las nieves eran eternas y no se dejaban seducir por los rayos del sol, quizá más exiguos; en el mejor de los casos, menos invasores de los lugares secretos, como cuan secreto es el interior de la montaña propia.
Y voy rengueando, rezongando por la levedad de los días felices, rogando por el retorno del tiempo perdido y por la música que nunca voy a escuchar, como así mismo por el libro que jamás leeré, por el perdón que no he pedido ni me han dado, por la pérdida de aquella sonrisa que se escapó de las manos y por la alevilla blanca que dejé ir siendo como era un pedazo de mí misma; por la pérdida de los variados matices de la niñez en el campo aquel: en donde volaban libremente las mariposas…
Y la vaca pinta mugía; detrás de ella la ternera, oliscando manzanillas silvestres iba cambiando su pelaje por hojas de sauce crespo; caminaba primorosa por la vía láctea: su madre fue su cosmos la vez aquella cuando, recién nacida, no podía ponerse en pié y un hocico azul delicado le dio el impulso necesario... cuan lejos llegó a estar el verde pasto y cuan cerca el aliento de su madre... cuan cercana la muerte, cuan cercana la vida en el momento más intenso que señala el destino, en cuatro extremidades o en dos: ponerse de pié.
Terminada la ceremonia dominical, el caballo hacía cabriolas para deleite de los observadores avezados y el remolino de colores de los domingos giraba y giraba en la plaza haciendo un paréntesis: día festivo infantil; cuando los pies lucían el mejor par de zapatos y la ropa era la ropa nueva de septiembre primaveral: que lucía el más coqueto sombrero bordado por las manos del hada de las flores en los días quietos de invierno, cuando la abuela y el abuelo rengueaban la levedad de sus días; cuando la infancia no sabía de lo precario del tiempo: viendo volar mariposas.
















Descubriendo
Me detengo un instante, leo una frase, leo otra, y voy masticando palabras y voy sintiendo un pedaleo que me lleva por el camino de una narración... estoy leyendo a Noemí... no quiero parar, quiero conocer cada una de sus frases, cada una de sus palabras, hay un misterio que me arroja al torbellino de palabras que van saliendo de la pluma de esta desconocida para mi y me quedo conmigo mismo en este viaje sorprendente que bien escribe la tal Noemí desde cuando lo hace y voy investigando y me entero que he sido yo quien ha estado ausente de su lectura he sido muy inconstante y retomo y descubro. Quiero, aunque muy lento, dejar salir algunas palabras para felicitar a esta escritora. Quiero leerlo todo no quiero perderme lo que pueda escribir más adelante. Muchas gracias Noemí por permitir que te descubra a través de las letras.