No pertenezco a la generación del cincuenta.

Enviado por Hernan Narbona Veliz el 06/01/2009 a las 9:34
Hernan Narbona Veliz

¡Qué diablos! llegué a las fechas límites sin darme cuenta. Nunca hice antesalas para resolver mi vida, compartí mi poesía con sesudos informes ceñidos a formales logotipos, la escribí en minúsculos claveles de enamorado y la llevé por asombrosos litorales y altiplanos. Nunca le di a mi poesía oportunidad de compartir un trago, me acosté temprano y la mayoría de las veces con la misma mujer. Fue la poesía una camarada silenciosa a quien nunca dediqué madrugadas, manteniendo con ella un incomprensible idilio que apenas supo a vino con naranjas. Hoy recibí el drástico y lacónico designio: he sido encasillado en el anaquel que señala primera mitad del siglo pasado. Esto, cuando rozagante de relatos atesorados, esperaba aún el día dedicado, dribleando espacios comunes, para seducir para el silencio a barras desquiciadas de urgencias.

Pero no, el decreto ha sido determinante. Ya no puedo integrar la generación de los cincuenta, porque me excedí en casi dos meses. Me trasladaron de golpe artero a la realidad de ser de la remota década de los cuarenta, gestado en la posguerra, acunado en tranvías, disfrutando los cuadernos gratuitos que legaron los gobiernos radicales, un producto del apasionado romance de mis progenitores, mezcla de tango y bolero, preñado en las colinas de mi puerto, trayendo desde el magma de mi génesis los bríos de una juventud que se abría paso en la primera mitad del siglo anterior.

Estirando mi rebeldía, caminando con sueños en bandolera, respirando una energía vital que se inflama de besos y proyectos, estoy ante la oficina de reclamos sólo para cumplir con mi porfía genética, para ser viento en contra y dejar a mis lapidarios contadores del tiempo una alegoría de protesta. Pero no me desnudaré, ya lo han hecho miles; no haré manuscritos, mi letra fue siempre indescifrable; no haré huelgas de hambre, no va con mi naturaleza; no me disfrazaré ni usaré seudónimos; no crearé una nueva ONG; no presentaré mi hoja de vida al Ministerio de la Cultura; no lloraré porque, aunque se ofendan las feministas, los hombres no debemos llorar por estupideces; no me cortaré las venas; no caeré en depresiones que nunca admití. Simplemente, voy a mandar a buena parte los calendarios oficiales, acometeré sobre los oleajes del amor y flotaré atlético por encima de las incomprensiones, navegaré por los barrios desconocidos del planeta y compartiré mi poesía en mendrugos con los más necesitados de ella.

Soy consciente que fue culpa mía y mi decisión ser libertino, alejarme de las asambleas sin sentido; que no me antojaba gastarme horas para buscar definiciones, si en mi vida, las decisiones que tuve que tomar nunca aguardaron. Caminé veloz, en verdad, abrazando infinitos y aunque esos antecedentes no alcanzan para apelar los fallos burocráticos, no me mantendré en el limbo difuso en que quieren enclaustrarme. Tal vez, no suba nunca a sus antologías oficiales, pero persistiré en mi contumaz soledad,  sin resignarme a la etiqueta de anticuario que quisieron colocar en mi frente.

De paso, le pediré a la poesía que vuelva a ocupar su sitial. Al fin y al cabo, sólo ella, fiel camarada, integra el único equipaje que puedo llevar conmigo, riéndome de los burócratas.

31/03/05

Etiquetas: