Un veintitrés de febrero,
según relata la Historia
y recuerda mi memoria,
si bien olvidar prefiero,
llegó al Congreso Tejero.
Gritó: - ¡Quieto todo el mundo! -,
con tono chulo, iracundo,
empuñando su pistola.
Y que no disparó sola,
fue un tiroteo rotundo.
Al cabo se fue al garete
esa intentona golpista,
traicionera e imprevista:
A poco de ser las siete
la Democracia en un brete.
En el techo están los daños
y aunque han pasado los años,
treinta y cinco yo tenía,
“adornan” como aquel día
las balas los entrepaños.
Tejero ya está en su casa,
casi nadie le recuerda.
Luego gobernó la izquierda…
Por culpa de un “bala rasa”
luego pasa lo que pasa.
Mas en la Historia está escrita
aquella tarde maldita
por más que no recordemos.
Esperemos y recemos
porque jamás se repita.















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