Una Bruja Emplumada en el Tzolkin
Por:Claudia Ávila
Una mujer camina por playas, ciudades, ama, vive. Un lenguaje en sus labios. Su cuerpo no lleva ligaduras, sólo sonrisas y colores de amaneceres. La mujer observa a la muerte entre sus faldas, pierde sus ropajes de Bruja y comienza a deambular por las calles con pasos comunes sin detenerse frente a los espejos. El tiempo cubre con su capa mohosa las ilusiones y entre giros rutinarios se despierta y amanece cada día.
La trasgresión es inevitable, obligando a enfrentar los fantasmas que se encontraban entre cofres viejos. El amor entrega la fortaleza necesaria para desanudar las ataduras que un día permitió que se le impusieran. Hombres y mujeres se desnudan de mentiras, se acompañan y consuelan, se hieren, se abandonan, se perdonan, huyen y aman. Algunos están perdidos entre el cemento, otros, seguirán algunas huellas para encontrar la ruta.
Es un giro importante el que realiza Jacqueline Lagos en este su segundo libro. Hay que poseer audacia, conciencia femenina e ideales para retratar un mundo donde la libertad trasciende por nuestra frágil humanidad, débil y entregada a los vaivenes de la sobrevivencia, un mundo que nos obliga a inclinar las cabezas y suele despojarnos como simples cuerpos despojados de sueños.
Frente a la racionalidad y al pragmatismo de esta modernidad, encontramos una pluma que nos habla de rituales, solidaridad, búsqueda espiritual, confrontaciones. Se nos entrega un lenguaje nuevo y rico en significados, una mirada distinta sobre las fluctuaciones del ordinario vivir.
Permitamos que las Brujas de ropajes multicolores dancen alrededor nuestro. Dejemos que se acerquen todas, las ficticias y reales. Pueden sorprendernos.
















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