Una Navidad triste

Enviado por Eliana Rojas Ramirez el 23/12/2011 a las 7:08
 Eliana Rojas Ramirez

Mi amiga Marel, está muy triste, hace poco más de tres meses, se fue su hijo mayor, un infarto al corazón se lo llevó de esta vida. Con mucha tristeza y todavía abatida  por la pena me cuenta:

“Fue tan de repente, esa noche hablé con él y me dijo que no podía pasar a verme, porque estaba trabajando, pero sin falta pasaba al otro día, era así mi hijo, todos o casi todos los días iba a verme, ya fuera en la mañana, en la tarde o en la noche, se hacía el tiempo para ver como estaba, y si no podía me llamaba por teléfono. Yo había enviudado hace muchos años, era el mayor de mis tres hijos, el único hombre y como tal era el pilar, el hombre que siempre estaba ahí, donde su madre y sus hermanas lo necesitaban. Estaba casado y con dos hijos, pero siempre se hacía el tiempo para nosotras, mis hijas también están casadas, pero era él quién les solucionaba sus problemas, yo vivo sola. Por lo tanto siempre estaba pendiente de mí, como también mis hijas.

Siempre pensé, que el dolor más grande que había tenido en mi vida, había sido cuando falleció mi esposo, y esa primera navidad que hubo una silla vacía en la mesa, fue muy triste para nosotros cuatro, él siempre en la cabecera  y nosotros al rededor, habíamos sido una familia de cinco personas y faltaba el jefe de hogar, pero tenía a mis hijos, me sentía triste, pero al mismo tiempo fuerte y capaz de afrontar el futuro.

Mi hijo mayor, empezó a trabajar apenas faltó el padre, mis dos hijas siguieron estudiando y formamos un equipo, donde los cuatro pusimos todo el esfuerzo para salir adelante y gracias a Dios lo conseguimos, pasaron los años, todos se casaron formaron su familia, pero mi casa era el eje donde nos reuníamos, mis hijos organizaban las reuniones y nos juntábamos todos, hijos, nuera, yernos y nietos  a celebrar cualquier cosa, lo especial era estar juntos”.

Y mi amiga Marel, con una pena infinita continuó diciéndome:

“Pensé que perder al padre de mis hijos había sido el dolor más grande, pero nada se compara con el dolor de perder un hijo, es algo que solo las madres que han pasado por esto lo pueden comprender.

Nosotros por ley natural estamos concientes y sabemos que los hijos llevan a sus padres al cementerio, pero nunca pensamos que Dios a veces decide lo contrario y nos toca a los padres  sepultar a sus hijos y ver a ese ser que llevamos por nueve meses en la guatita, que lo hemos visto crecer, que hemos sido testigos de sus primeras risas, de sus llantos, de sus penas de amor, de su felicidad infinita al convertirse a su vez ellos en padres, tenemos que asumir que se han ido antes de tiempo.

Me  he rebelado contra el destino, porque tenía que ser yo quién me fuera, mi hijo tenía que ver crecer a los suyos y celebrar muchas Navidades más.

Otra vez tendré una Navidad triste, y esta será peor, porque se me fue una parte de mi”.


Mi amiga Marel se despide de mí y me dice: “Se puede reemplazar cualquier persona en el mundo pero un hijo es irremplazable y único”

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