Calle sin Entrada - Capítulo VII

Enviado por Willi Kaufmann Cabiol el 13/08/2008 a las 14:56
Willi Kaufmann Cabiol

TV

El paulatino y finalmente total despoblamiento de mi calle me llevó a otra situación no menos extraña. A pesar de ser solos Mivecino y Yo los únicos habitantes de El Olvido, yo no sabía su dirección, nuestros encuentros siempre habían sido obra de la casualidad. Dos interrogantes se sumaban ahora a mi desconcierto. Una era que si yo había hecho un Puerta a Puerta, en algunas de ellas, me refiero a las puertas por supuesto, debió haber aparecido Mivecino, salvo claro está que el estuviera a esa hora justo de visita en mi casa, pero si así fuera yo debiera haberme enterado, ya que para entrar a mi casa, yo debo abrir la puerta. ¡Que curioso!. La segunda tenía que ver precisamente sobre la casualidad de encontrarnos al azar siempre que necesitábamos comunicarnos. Yo se que nada pasa por casualidad, que todo tiene su origen en una causalidad y que el sincronismo es uno de los misterios mejor guardados por los sabios de todos los tiempos. Pero una cosa es saberlo como un conocimiento adquirido y otra de aprehenderlo de la realidad misma experimentada y vivenciada.

No obstante la extraordinaria importancia de mis elucubraciones, la prioridad es ese momento seguía siendo la necesidad de conocer como la gente “deja que el tiempo pase”, lo que reitero, me daría la posibilidad de hacer yo lo contrario y así “dejar que el tiempo no pase” (de haber en mis lectores, cualquier duda al respecto de esta hipótesis y la justificación de mi extraña conducta, les sugiero leer mis capítulos anteriores, empezando por el número 1, que es también el primero, por cierto). La solución la tengo en televisión concluí satisfecho de mi ocurrencia. Allí se muestran toda clase de humanos e inhumanos comportamientos, desde los más enternecedores hasta los más aberrantes.

Unas cuantas horas frente a la pantalla equivaldrían a un completo curso de la naturaleza de las infinitas personalidades, sus dones y antidones, sus mejores virtudes y peores defectos, en medio de los cuales y como si nada, el mundo del tercer milenio repite las mismas barbaries, injusticias, guerras, agresiones, abusos de poder y rencillas fraudulentas, artísticamente mezcladas con demostraciones impresionantes de nuevos adelantos, descubrimientos e inventos fascinantes, desarrollo científico y tecnológico. Todo ello en las antípodas de los villanos de antaño que mataban o torturaban por perversidad o ignorancia y que los villanos de ahora lo hacen en la cumbre de civilización instruida y sabia, sobregirada de buenas intenciones para que siempre prevalezcan sus intereses particulares sobre el bien común.

Discursos más, discursos menos que me dirigiera a mi mismo, otro obstáculo era evidente. En la época en que transcurre esta historia, ¡no había televisión!. ¿Cómo era posible entonces que pensara que allí estaba la solución a mi problema? No era la primera vez que situaciones de esta índole pueden sorprender a mis lectores, y aún más a mí que soy el protagonista.

El Transantiago, el Metro, la Intenet, los carros llamados Guanacos y la misma TV, y que decir del famoso Jarro, son parte de la narrativa que le dan a este cuento una atemporalidad inexplicable para sucesos transcuridos en mi infancia y juventud. O sea hace mucho tiempo...!(continuará).

 

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