Calle sin Entrada ? Capítulo IV

Enviado por Willi Kaufmann Cabiol el 25/07/2008 a las 13:00
Willi Kaufmann Cabiol

tiempo

Dejemos que el tiempo pase, fue la mejor idea que tuvo Mivecino. Durante años sólo nos habíamos saludado con una graciosa y oriental inclinación de cabeza, sin jamás haber cruzado palabra. Fue así como a falta de información sobre su nombre, decidí llamarlo Mivecino. Las circunstancias que se fueron sumando a raíz del decreto alcaldicio de señalar mi calle del Olvido, como Calle Sin Entrada, nos llevaron a un acercamiento ante la urgente y perentoria necesidad de intercambiar ideas.

El problema de darle un destino digno a nuestros restos mortales, pasó a segundo, tercer, cuarto y quinto plano, cuando nos percatamos que a nuestra calle ya no entraban los lecheros, panaderos, carteros, basureros, vendedoras y promotoras de servicios intangibles, carretelas repartidores de comestibles, materiales de la construcción, carbón, leña, gasfiteros, electricistas, afiladores de cuchillos y tijeras, estiradores de somieres, jardineros, cambiadores de plantas por ropa usada, vendedoras de rifas, bingos, suscripciones a revistas, enciclopedias, colecciones de librillos de historia, animales de todas las especies, galaxias interplanetarias, vendedores de mote con huesillo y las consabidas tortillas de rescoldo.

Entre los insumos que más echábamos de menos estaba el siempre e imponderado magazín El Peneca y fue esa precisamente la razón de nuestro primer diálogo con Mivecino. Con su sonrisa acostumbrada me preguntó si yo tenía algún ejemplar de los últimos números de la revista. Le contesté que lamentablemente no y entonces me sorprendió diciendo si yo había logrado alguna forma de entrar a la página Web de esta revista y así tener acceso a su lectura. Sin querer ofenderlo entré a explicarle que todavía no se habían inventado las computadoras, que todavía pasarían muchos años antes de aparecer la internet y que las Web 1.0 ni siquiera estaban en la mente de los científicos, menos aún la Web 2,0 que recién la podríamos conocer en el tercer milenio.

Mivecino nunca más volvió a mencionar nada que tuviera referencia alguna con la cibernética, pero sí, insistía en que tenemos que dejar pasar el tiempo.

Intrigado por esa fijación, también empecé a reflexionar al respecto y un día (Eureka) se me iluminaron las neuronas y decido fui a visitarle para compartir mi descubrimiento: El tema, le dije, no es “dejar pasar el tiempo”, sino que todo lo contrario. Lo que tenemos que hacer es “dejar que el tiempo no pase”.

Pocas veces me he sentido tan halagado, nadie me había hecho notar con tanta claridad que yo era más que un sabio en potencia. Simplemente mi descubrimiento era comparable con el invento de la rueda. Ni más, ni menos.

Ud. es un genio Mivecino (así fue como me enteré que los dos nos habíamos puesto el mismo nombre), claro “no dejemos que pase el tiempo”.

El como hacerlo sería motivo de infinitas conferencias bipartitas, pero a lo menos teníamos como base una hipótesis impecable. (continuará)

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