Psicología y Eneagrama: Los Tres Centro de Inteligencia o las Tríadas Básicas

Enviado por Alejandra Godoy Haeberle el 13/07/2008 a las 20:02
Alejandra Godoy Haeberle

Los 9 tipos de personalidad del Eneagrama (ver post El Eneagrama de las personalidades: una muy breve introducción) se pueden agrupar en tríadas de acuerdo a determinados criterios. La agrupación más básica es la de los Centros de Inteligencia, la cual se fundamenta en los tres componentes clásicos de la psiquis humana: instintos, sentimientos y pensamientos (ver post La teoría de las partes del alma: raíces históricas de los tipos de inteligencia). Platón utilizó la metáfora de un carro para ilustrar la interrelación entre los aspectos físicos (el carruaje), los emocionales (el caballo) y los mentales (el cochero). Gurdjieff también recurre a esta parábola, aunque agrega que, sentado en el asiento (el pasajero), se encuentra el Amo y Señor - el Ego - que es quien decide adónde se dirige el carro.

Dentro del símbolo del Eneagrama, en las aristas del triángulo equilátero se ubican las personalidades primarias, rodeadas a cada lado por las personalidades secundarias o laterales, que se conocen con el nombre de alas. En la arista superior está representada la Tríada Instintiva en torno al punto 9 (tipos 8, 9 y 1); a la derecha, en el punto 3, está la Tríada Emocional (tipos 2, 3 y 4); y, a la izquierda, la Tríada Mental en torno al punto 6 (tipos 5, 6 y 7). Los tres tipos de personalidad que conforman cada Centro comparten una determinada forma de experienciar y percibir el mundo así como ciertos hábitos emocionales.

El Centro Instintivo
(inteligencia visceral) está relacionado con el paleoencéfalo (cerebro reptiliano) y abarca aquellas funciones que ayudan a afirmar nuestro "territorio" y a reafirmarnos a nosotros mismo, tales como la energía, rabia y sexualidad. Nos entrega las sensaciones físicas de cómo lo estamos haciendo y nos informa de un modo natural lo que necesitamos. Precisamos de lo visceral para interactuar con el entorno y con los demás.

El Centro del Sentir
(inteligencia emocional) está relacionado con el mesoencéfalo (cerebro mamífero) y abarca aquellas funciones que nos ayudan a contactarnos con los demás, a sentirnos unidos, plenos y valiosos, dignos de ser amados. Nos entrega el sentido emocional de quién somos respecto a los otros y cómo lo estamos haciendo en las interrelaciones personales. Necesitamos lo emocional para la vida afectiva y para relacionarnos más íntimamente.

El Centro del Pensar (inteligencia intelectual) está relacionado con el telencéfalo (cerebro neo-mamífero) y abarca aquellas funciones que nos ayudan a orientarnos y a sentirnos seguros. Nos entrega el sentido racional referente a de dónde venimos, a qué y adónde vamos. Nos permite encontrar dirección, propósito y significado en la vida, así como proyectarnos en cuanto a personas y eventos. Se necesita lo mental para discernir y decidir las acciones.

Debido a una multiplicidad de factores, desde la infancia nuestro ego se va desarrollando con más fuerza en torno a una de las tres funciones esenciales, aquella que nos sale más espontáneamente, con la que sentimos que lo hacemos mejor. Paulatinamente, el Centro que contiene a dicha función se transforma en el dominante, culminando en un resultado paradojal, puesto que justamente este será el componente de la psique menos capaz de funcionar libremente.

Al contrario de lo que pueda percibirse superficialmente, las mayores dificultades las tenemos en el área existencial correspondiente a nuestro centro predominante. Por ejemplo, si nuestro tipo de personalidad pertenece a la Tríada del Sentir, las problemáticas sobresalientes giraran en torno a nuestras emociones, estados de ánimo y relaciones afectivas, es decir, en torno a la necesidad básica del amar y ser amado. En otras palabras, el uso excesivo y compulsivo de nuestra función psicológica preferida hace que sobrecarguemos nuestro centro, a la vez que distorsionamos o deformamos sus cualidades esenciales. Terminamos siendo una especie de esclavo de nuestra inclinación natural.

Consecuentemente, los tres tipos de inteligencia no se pueden desarrollar equitativamente, produciéndose el predominio relativo de una de ellas en detrimento de las otras dos. En este estado de desequilibrio energético nos comportamos en forma no integrada, vale decir, buscamos la solución a nuestros problemas casi exclusivamente a partir de nuestro propio centro de pertenencia, desde donde hacemos operar a los otros dos (p.e. podemos pensar con nuestros sentimientos). Cuando uno de estos centros intenta hacer el trabajo de los otros, nos desbalanceamos y actuamos demasiado impulsivamente, demasiado emocionalmente o demasiado racionalmente. En una situación ideal - en cambio - las tres inteligencias se utilizan de forma interdependiente y funcionan libremente, cada una en su ámbito de acuerdo a las circunstancias dadas. Lograr una armonía entre - lo que hacemos, lo que sentimos y lo que pensamos - nos lleva a experimentar una sensación de plenitud, integración y equilibrio.

En conclusión,
a lo largo del proceso de personalización, nuestro ego - más ocupado en sobrevivir que en evolucionar utilizando flexiblemente las tres funciones, fue tomando el mando del sistema psíquico. Es así como fuimos construyendo una estrategia para enfrentar al mundo consistente en, por un lado, la preferencia por una determinada función y, por otro lado, en la evitación del uso de otra. Alrededor de dicha estrategia se va formando nuestro estilo de personalidad, con su visión de vida sesgada por la llamada función predisponente, aquella que nos inclina a percibir y responder a la realidad del modo en que lo hacemos.

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