La vejez, para algunos está catalogada como: maldita vejez, paran otros: bendita vejez, a mi parecer no es una u otra cosa, es la consecuencia natural del paso por la vida.
La vejez la tomamos según nuestro estado de ánimo, según nuestro estado de salud, según nos sentimos en un día determinado etc.
En la sección cartas de El Mercurio, dos personas se refieren a la vejez, como maldita y como bendita, según lo experimentan personalmente. Es cierto que la vejez tiene sus limitaciones, nos sentimos cansados, nos sentimos enfermos, nos sentimos que ya no nos dan bola, que nuestras opiniones poco importan, la juventud por lo general piensa que estamos chalados, pero hagamos memoria; ¿no pensábamos lo mismo cuando éramos jóvenes?
Al ver a nuestros abuelos, pensábamos “pobrecitos son tan viejitos” y pensándolo bien, algunos tenían menos edad que nosotros actualmente, pero eran distintos; ellos se vestían con esos pantalones anchos de pretina más arriba de la cintura y los eternos suspensores, ellas nuestras abuelas muy tapaditas, los vestidos largos y por lo general oscuros, su pelo canoso tomado con un bonito moño en la cabeza ¿de cosmética? solo polvos para la cara y la infaltable agua de colonia, rodeada a veces de nietos, sentada en una mecedora y con su tejido en las manos. Retrato típico del ayer. Nuestras madres poco se diferenciaban, aunque un poquito más modernas, mi madre por lo menos ya se hacía la permanente, los vestidos eran más cortos, en su toilette habían diferentes cremas, perfumes, pinzas para sacarse las cejas etc. Se preocupaba mucho más para verse bien.
Ahora veamos la actualidad, soy abuela, he cambiado siete veces de folio, soy señora, no de cuatro décadas, sino de… siete décadas… mis amigas de igual edad, ¡pero que cambios tan grande hemos experimentado! Que dirían nuestras abuelas al vernos vestida con las encantadoras blusas, bien escotadas, pero para usarlas, escogemos un buen brasiere para que nos levante las pechugas, buscamos las cremas que tengan jalea real, colágeno, y cuanto ingrediente descubran, por suerte algunos laboratorios ya sacaron la que tiene el gen de la juventud. (Somos afortunadas) Para que decir de nuestra cabellera, cuando éramos jóvenes por lo general, nuestro pelo era negro, castaño, rubio o colorín, pero al paso del tiempo el 99% de nosotras somos rubias o trigueñas claritas, no hay abuelas de pelo oscuro, para qué decir, el pelo canoso no existe.
Nuestras piernas, no son las de ayer, ni de antes ayer, que eran torneadas, lisas y recibían miradas de todo tipo, si las vemos con detenimiento, la mayoría tenemos várices (esa horribles venas que se ven tan feas y nos causan cansancio y otras veces dolor), pero tenemos el remedio a la mano, “los pantalones” en verano delgaditos, y en invierno más gruesos, y si de todas maneras seguimos con frío los acompañamos con pantys de polar, claro que no hay que exagerar y ponernos los pantalones que usan las chiquillas, donde muestran el ombligo, ni pensar como se verían nuestros ombligos.
Soy de la opinión que tenemos que hacer todo lo que está a alcance de nosotras y si de verse bien se trata aprovechemos de lo que tenemos y saquémonos algunas arrugas de nuestro rostro y total una arruga más o una arruga menos SI se nota, y mientras podamos ser coquetas, SEAMOS COQUETAS, estaremos cincuentonas, sesentonas, setentonas, pero estamos vivas y es lo que cuenta.
















Bien amigaaa!!!!
Bien amigaaa!!!!
Cuando yo era lola, las abuelitas tenían sesenta o poco más de cincuenta años!!! y... eran abuelitas, con caminar lento, aspecto cansado y de poco hablar... era silenciosas y eso parecía importarles poco. Hoy, ya sabemos como es la cosa! Me alegra que hayas tocado el tema, y lo bien que lo hiciste.
un abrazo