
Del olvido olvidado estoy si alguna vez escribí, no así del olvido mismo, o sea del olvidarme que el olvido es algo que pasa, y por eso también mismo, olvidarme del olvido no quisiera, como menos otra vez también en este caso si quisiera que nunca nadie de mi se olvidara ni yo tampoco de olvido pecar. Y cómo en el olvido dejar pudiera la acequia que corría por la vereda de mi casa donde mis barquitos de papel partían sin rumbo fijo llevándose a bordo mis sueños de niño. Olvido imposible que llenaría mil páginas de recuerdos imperecederos, hilos de una madeja infinita que los palillos de vida tejen por siempre, siempre. Acuarela de emociones que de olvidos no saben ni de razones entienden. Pero el olvido de verdad existe me dirán los realistas que de realidades todo lo saben y no es que lo saben tanto, que de sabiondos reales tantos, tanto se han auto coronado. ¿O será que las viejas almas en negar nuestros olvidos nos hemos empecinado? Si así fuera, con razón lo fuera, que reconocer olvidos es como clavar cuchillos en el calendario de la existencia. Es dejar a los ancianos fuera del camino, sin senderos, sin destinos, como los barquitos de papel en el torbellino de mi acequia que nunca supe de donde venía, pero si sabía que con sus aguas apuradas, día a día se apuraba en saciar todas las sedes de todas las calles de todo mi pueblo que era todo mi mundo que olvidar no quiero.















La acequia...
Willi, me hiciste recordar la acequia que corría por el fondo del sitio de mi casa, que era la que surtía de agua de riego a los árboles y pequeñas plantaciones que tenía mi padre, tampoco olvido las tardes en que de allí sacaba sapitos y ranitas para colocarlos en la piscina a efecto de que espantaran a las visitas del fin de semana... cosas de niña, que no se olvidan, como puedes ver.
Saludos y un abrazo, querido amigo.
olvido
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