Yoelego - Capítulo VII

Enviado por Willi Kaufmann Cabiol el 25/03/2008 a las 19:42
Willi Kaufmann Cabiol

ayuda! “Yo El Ego”,

(autobiografía egoautoautorizada por mi mismo de YO MISMO)

Capítulo VII – Virtud Nº. 2 - El Altruismo mismo.

Ser buena persona en su máxima expresión es dar y darse por entero a los demás, que duda cabe. ¿Cuando de dar y darse se trata, existen límites? Ud. ingenuo lector tendrá sus dudas… ejem! Claro, de repente no se puede tanto, también hay que pensar en uno mismo. ¿El pensar en uno mismo, no será una excusa barata para esconder la ponzoña del egoísmo?. No se confundan, Yoelgo soy el experto y aquí les abro de par en par las puertas que conducen a mis más profundos laberintos iluminados por las sombras de la negrura que los seres humanos han escondido en sus entrañas como su más preciado tesoro.

Las personitas que ayudan muchísimo a los demás se sienten muy autocomplacidas por su bondad y además como que “sin quererlo” obtienen como retribución inmediata sus respectivos y eternos agradecimientos. Sucede así que por arte de magia se va creando alrededor de ellas una corte de sinceros o interesados admiradores (pero admiradores al fin) que se les adhieren como hiedra hasta que algún día caen en cuenta que están atrapados en una red de dependencia y bajo el tutelaje de su protector que sin pedir al principio, nada a cambio, poco a poco les exige una sumisión a la altura de su autoritario altruismo (que es muy alto) Ese gustillo a poder se va haciendo agua en la boca de éste buen samaritano haciéndole florecer con generosa holgura las semillas egoícas que Yoelego le he venido sembrando desde su más tierna infancia. Lo que realmente ignoran mis amadas víctimas es que con el pasar del tiempo, su espontánea disposición de darse los demás a piacere, termina asfixiando a sus incondicionales beneficiarios que se rebelan ante la sumisión que se les somete…y ta..ta..tan!...no quieren ser más los siervos protegidos bajo esta bandera de hierro y estallan en gritos desesperados de independencia, huyendo de sus amos a como dé lugar.

El Ayudador se ha quedado sin clientela, pero eso no es lo peor, su ego que le domina de la cabeza a los píes, le reclama el poder perdido. No tiene escapatoria, “necesita angustiosamente que lo necesiten” y hará todo lo que pueda para satisfacer su neura. Siendo así, mi trampita (léase semillas de ego sembradas en espíritus despistados de ayudadores compulsivos) ha dado excelentes frutos. Quienes han formado su propio reino a costa de sus vasallos necesitados son ahora los esclavos encadenados a su obsesión que regalaron su libertad por un plato de lentejas egonsis. (continuará)

 

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