Capítulo V - Mis Agentes Secretos
No me extrañaría que con las pistas dadas en el capítulo anterior, los atolondrados de siempre ya estarán pegando, a tontas y a locas, la o las imágenes que han elegido para que me representen en el álbum. Calma y prudencia señoras y señores, no vaya a ser que se lo pasen pegando y despegando y mi álbum les quede un mamarracho. No sería nada de extraño que cada mañana, en cada despertar y sobre todo bajo la ducha, cuando la mente de los hombres se ilumina como soplete, vayan descubriendo nuevos aspirantes con más méritos para esta egoiconografía. Así que la recomendación es que las láminas preseleccionadas sean cuidadosamente guardadas en un cofrecillo (en lo posible de oro repujado con incrustaciones de esmeraldas, rubíes y zafiros o en el peor de los casos de lapislázuli chilensis) hasta que terminen de leer mi autobiografía y sólo para entonces tomen la decisión final. También me imagino que tienen una gigantesca curiosidad de saber quién, según mi propia y sabia visión, es la figura que más me identifica, pero para ello deberán esperar hasta el último capítulo. Esto lo he planificado así siguiendo la práctica que Uds., los humanos han inventado para sus telenovelas, contribuyendo de esta manera y con todo agrado a la malsana morbosidad de los telespectadores que juegan a los detectives por largos capítulos atribuyéndole el asesinato de la victima al más inocente y pacato de los personajes, él que por merísima casualidad si lo es.
Más no todo ha de ser suspenso, en una de estas se aburren de leerme, lo que debo evitar a costa de revelaros a mis ultra y recónditos Agentes Secretos y como los he formado, sin que ellos mismos se hayan dado cuenta que lo son.
Hasta este instante y desde la aparición del homo sapiens sobre la corteza terrestre, he mantenido la más absoluta discreción sobre la metodología que he empleado para dominar el corazón de los hombres (y con el consentimiento de ellas, él de ellas también), pero desde un tiempo a esta parte (hace como 100.000 años más o menos) he llegado al más absoluto convencimiento que los humanos no cambiarán aún cuando “tropiécense” con la misma piedra durante toda su egoíca existencia. Dado lo cual no corro peligro alguno de divulgarla, con la certeza que el hecho de hacerlo servirá aún más para perpetuar su excelente e infalible resultado.
Una vez que Yoelgo me he instalado en el alma de mis amadas víctimas, lo que sucede a una muy temprana edad (si no me creen observen con detenimiento las frecuentes conductas de algunos angelicales niños que por dejar sentada su superioridad sobre otros, son capaces de las crueldades más horrorosas), los voy induciendo a que potencien hasta el infinito "sus más preciadas virtudes". ¿Les parece paradójico?, ciertamente lo es… las paradojas son uno de mis más fabulosos descubrimientos, comparable con el invento de la rueda de Uds. los humanos. (continuará).















Retorno de Yoelego