Hace 12 años dejé mi natal Punta Arenas, al igual que muchos jóvenes de mi generación, para poder desarrollarme profesionalmente en la zona central del país. Actualmente, vivo en Santiago y desde aquí pude ser testigo a distancia, pero con profunda emoción, de la rebelión magallánica frente al alza del precio del gas pretendida por el gobierno.
Más allá de las cifras y de los argumentos de mercado que se quieran utilizar para justificar la medida, me parece que la crisis que se desató en Magallanes refleja dos problemas fundamentales de nuestra organización política, económica y social. En primer lugar, devela una forma de tomar decisiones, que desde hace unos años se ha instaurado en Chile, donde se imponen medidas inconsultas, sin considerar o, al menos, informar a quienes se verán afectados o a sus representantes. El filósofo Jürgen Habermas le denomina la “refeudalización del espacio público” que en la capital se ejemplificó con el Transantiago: un grupo de técnicos decidió en una oficina de gobierno (el nuevo castillo feudal) los nuevos recorridos, probablemente sin haberse subido alguna vez a una micro, obviando la opinión de alcaldes y vecinos, y desencadenando los problemas que ya todos conocemos.
Pero el segundo problema es tanto o más relevante y se trata de la necesidad imperiosa de una descentralización efectiva del país, concediéndole cierto grado de autonomía a las regiones o al menos a las zonas más apartadas como Magallanes o Isla de Pascua. En un país geográficamente tan largo y culturalmente tan diverso como Chile, no es posible que todas las decisiones se tomen en Santiago, sobre todo cuando por estos días he podido percibir el absoluto desconocimiento que existe en muchos capitalinos sobre la realidad del extremo sur.
Las regiones deberían tener la posibilidad de elegir a sus autoridades locales, a su propio gobierno regional, y tener mayor poder de decisión en materias que sólo les afectan en particular. Un ejemplo reciente es el de Bolivia que consagró vía referéndum a la Provincia Gran Chaco como la primera región autónoma del país, dada la fuerte presencia indígena que le otorga un status especial.
Pero los casos que mejor conocemos son las repúblicas federales como Argentina, Brasil, Estados Unidos, México, Alemania y otras, que agrupan en un mismo país a varios estados que se autogobiernan con mayor o menor autonomía, sin que esto signifique alentar el separatismo, sino todo lo contrario, promueve la integración en base al reconocimiento de la diversidad de un país.
La lucha que dio Magallanes por el gas estuvo cargada de un romanticismo casi épico que es muy difícil encontrar en nuestras sociedades modernas, más bien colmadas de un individualismo voraz y una apatía desilusionante. Ese mismo espíritu debe encauzar a los magallánicos a pensar en grande, a cosechar en un futuro no tan lejano lo que se sembró en siete días de paro regional. La autonomía es posible y exigirla no es desconocer que somos chilenos, sino simplemente pedir que se nos reconozca como distintos, tal como quienes viven en Arica, en Isla de Pascua o en Chiloé.
















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