La Vela, el Sacacorchos y el Sol. Un cuento para los nietos

Enviado por Willi Kaufmann Cabiol el 07/12/2007 a las 19:57
Willi Kaufmann Cabiol

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Dicho de una manera directa y clara y que no deje lugar a dudas, toda la familia le llamaba el cajón de los cachureos, apodo que por lo demás no era demasiado justo, ya que en la vieja casona había cachureos en muchos otros muebles, casi todos de buen linaje, fabricados por buenos artesanos y con finas maderas, que a pesar del paso de los años conservaban su señorío.

El cajón que nos preocupa pertenecía a una alacena con cubierta de mármol, columnas torneadas y artísticos tallados, una verdadera “antigüedad” que esperaba con infinita paciencia ser restaurada y cumplir su último sueño: ser llevada a un museo donde sería por siempre cuidada y recibiría frecuentes caricias de suaves felpas, puestas en las manos expertas de personal especialmente capacitado para tan delicadas misiones.

Hay cajones que se abren y cierran decenas de veces al día, éste en particular no era de esos, su contenido no ameritaba que los dueños de casa lo abrieran muy frecuentemente. En su interior iban a parar infinidad de objetos diversos, cuya utilidad era casi siempre dudosa. Unas ampolletas quemadas que con la esperanza incierta que volvieran a encender, o por flojera simplemente, no fueron a dar al basurero. Un aro guacho de perla artificial que además de haber perdido su brillo, también había perdido su gemelo y espera allí por años que el azar le devolviera su pareja. En algún tiempo, una tía mayorcita que tenía fama de ordenada, guardaba allí cuanto recorte de recetas de cocina encontraba en revistas y diarios, hojas que el tiempo se encargaba de poner tan amarillentas como ilegibles. Había llaves, no se cuantas ni de donde, chapas destartaladas, un mango de cuchillo sin su hoja, una cabeza de martillo sin su mango, un reloj despertador semi desarmado, una variedad de clavos y tornillos, la mayoría usados, una correa de cuero muy gastada que debió haber pertenecido a un perro regalón. También habían algunos frascos de toda índole que contenían conchos de remedios para la tos, desmanchadores de ropas, ungüentos para los bronquios y pinturas de uñas. 

En medio de aquel desorden, una vela y un sacacorchos se vanagloriaban de ser los únicos utensilios que realmente servían, ya que todo lo demás que les rodeaba eran pura basura. Esta circunstancia y sobre todo la soledad, fue creando entre ellos una vieja amistad, no exenta de humanas envidias y estériles discusiones, que sin embargo les hacían más soportable el olvido.

El sacacorchos tenía la obsesión de mofarse del humilde origen de la vela y razones tenía, no para molestarla, pero sí para bajarle los humos de la cabeza, cuando ésta se autocomplacía señalando que era la luz del mundo, la única guerrera que podía vencer a la oscuridad y fiel embajadora del fuego que purifica el espíritu y enciende la fe. En sus afiebradas divagaciones se comparaba con el sol a quién llamaba su primo mayor, cuyo único mérito era haber heredado de su abuela la galaxia, una bola gigante de energía y que él sólo sabía darse vueltas y vueltas por toda la eternidad,  y que hasta la tierra, con lo pequeñita que era, podía esquivar su arrogante mirada cada noche, permitiendo así que los seres humanos descansaran de su intensa luz y se entregan a reparadoras horas de sueño, durante las cuales podían iluminarse con las visiones sorprendentes del su mundo inconsciente, tan lleno de imágenes, mensajes y encuentros con  mágicas estrellas, sin las limitaciones del tiempo, ni el espacio. 

Si al menos, en lugar de una simple vela que sólo se ocupa para los apagones, fueras un cirio, de esos que son objeto de culto en los templos, o acompañantes de santos en los altares, o solemnes escoltas de las urnas funerarias, o testigos de los milagrosas animitas que son como los faros en el camino de los viajantes nocturnos. Nada de eso eres, le repetía con sorna hilarante el arrogante sacacorchos. En cambio yo, aunque privado de luz propia, descorcho todo tipo de botellas, dejando salir libremente los más apreciados brebajes que hacen de las fiestas, reuniones  chispeantes y celebraciones inolvidables. Por siempre estoy junto a los Novios en sus enlaces, con la Patria en sus aniversarios, con los esposos en sus bodas, en las cenas soy el alma y en los brindis el espíritu.

La humilde vela ante tanto discurso rimbombante del sacacorchos vociferante, se ponía aún más pálida, y tartamudeando intentaba replicar furiosa. Pero con todo, más sabia y generosa, sacrificaba su orgullo a cambio de la amistad, a veces agresiva, pero amistad al fin, de su agudo compañero. Había algo en ella, que a veces la hacía escuchar atentamente y hasta de los murmullos sacar algún provecho. La vida le había enseñado que nada es por casualidad, que si Dios le dio tan desechables acompañantes en aquel cajón de cachivaches, cada uno de ellos tenía su propia historia que contar, que no importaba mucho el como decían lo que decían.  Detrás de las máscaras de su envidia, vanidad y orgullo, había todo clase de penas y alegrías, frustraciones y logros.  También ella misma que tan livianamente descalificaba a su primo mayor el sol,  no era menos prepotente que su amigo el sacacorchos. Así reflexionando, un día llegó a la conclusión que este artefacto no era realmente el artífice de los dones que se atribuía, él, si bien es cierto cumplía con una misión importante, los verdaderos protagonistas de las celebraciones eran los pícaros grados de alcohol contenidos en los líquidos que despertaban inhibidas manifestaciones de jolgorio. Por otra parte comprendió que toda su iluminatoria misión no sería posible sin que un fósforo encendiera la mecha que regalándose así misma, se dejaba consumir para transformarse en luz. Se puso muy triste pensando que ella de nada servía sin un fósforo que le convidara fuego y que en cambio el sol no necesitaba de ninguna cerilla, el sol era fuego. 

Así cavilando estaba una noche, cuando sintió que todo el contenido del cajón se movía con una fuerza mayúscula, hasta que de pronto el cajón salió disparado a metros de distancia de la alacena y ésta calló al suelo quebrándose en mil pedazos el mármol y partiéndose en varios trozos sus torneadas patas. El terremoto había derrumbado también cientos de tejas y algunas murallas de adobes se encontraban milagrosamente apuntaladas por los árboles más robustos del jardín. Entre el griterío histérico de las gallinas, el ladrido de los perros se escuchaba a cuadras de distancia y por sobre toda esta algarabía, la voz inconfundible de la dueña de casa en vibrante creciente aumento,  repetía sin cesar… ¡la vela!, la vela, ¡por Dios la vela!, donde está la ve…hasta que tropezando con el cajón semi volcado se hincó suspirando, y en la oscuridad nocturna palpó con frenesí hasta tener en su mano la bendita vela. Como por arte magia sacó del bolsillo de su delantal una caja de fósforos, y encendiendo la mecha, llamó al resto la familia, que gatos y perros incluidos, se juntaban dibujando con la tenue luz,  esculturas de abrazos y sollozos. Así pasó la noche y ya en la madrugada, lo que había sido una vela, se había transformado en un corazón de cera que aunque ya no iluminaba, palpitaba aún tibio en unas manos agradecidas que le sostenían como delicada ofrenda.

Cuenta la historia, que así, como pan moldeada, la vela se encontró de nuevo en otro cajón de cachureos con el viejo sacarcorchos, que ahora por siempre callado la contempla con admiración, sin lograr retener las lágrimas de pena que cada día más oxidan su débil coraza, la que con el paso del tiempo descansó por siempre mullida, sobre el corazón de cera dormida.

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Felicitaciones

Enviado por el 08/12/2007 a las 16:36
María Violeta Güiraldes del Canto

No sabía de tu talento literario.  Me alegro mucho y te felicito.


Lindo cuento

Enviado por el 08/12/2007 a las 17:31
Pati

Willi. que lindo cuento, que bonita amistad...
Emotivo, emocionante y tan cierto!...
El sacacorchos...¿podria transformar su pena?, me imagino que si, también su silencio. 
El corazón de vela estaría feliz y él transmutaría su pena en algo amoroso, parte del amor eterno....
Un abrazo, querido amigo.


¡Qué bello cuento Willi!

Enviado por el 08/12/2007 a las 20:53
Rebeca Tiquer Drullinsky

Todo cuento tiene una moraleja, por lo que entiendo. Toda labor es importante, nadie es más o menos importante. Yo tengo una función que cumplir y debo hacerlo, porque muchas personas dependen de mí. Si no lo hago esas personas, no podrán cumplir con su misión, así sucesivamente, todos dependemos de todos. ¿No te parece?.


Hermoso cuento

Enviado por el 12/12/2007 a las 11:57
Maria Angélica Barth

Estimado Willy: Me encanto tu cuento, se comienza a leer y hay que leerlo hasta el final, y lo rico es que no es solo para los nietos sino para cualquiera edad.
Me hizo meditar como detras de cada persona y sus circunstancias, siempre hay algo mas que no vemos.
La vela me da el ejemplo de que la ternura siempre triunfa sobre la relativa prepotencia que se ve en el sacacorchos, ella lo hace reposar al final en su blandura, despues entregarse por entera.
Sigue adelante, son verdaderos cuentos con alma.
Un abrazo.
                        


Lo compré por 100 pesos

Enviado por el 18/07/2008 a las 16:06
ALBERTO HANEL

EL ÉXITO NO ES CASUALIDAD

Hay en el mundo varios tipos de personas. Están los que se esfuerzan en hacer las cosas lo mejor posible, también los que las hacen porque no tienen otra alternativa y los que las hacen quejándose y culpando a todo y a todos de sus errores.

Resulta evidente, que los que han alcanzado algunos éxitos, en su gran mayoría, lo han logrado a travéz de un esfuerzo considerable y de ejercitarse con persistencia.

Ya sea en el campo de las artes, ciencia, los deportes o empresarial, el éxito es producto del ejercicio; hasta el amor necesita ir amoldandose para ser útil, pues en su nombre también se han cometido atrocidades sin mala intención.


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